Todo lo que realmente necesito saber lo aprendí leyendo Dragonlance

Hoy que es el día de Sant Jordi (conté un par de cosas sobre la leyenda en este artículo matadragones de Jot Down, por cierto) me ha apetecido volver a la costumbre de recuperar antiguos cuentos que escribí hace tantos años que aún no tenía canas en la barba. Este en concreto me ha parecido apropiado para el día de hoy… Lo escribí con 20 añitos, gané con él un concurso de literatura friqui cuyo nombre he olvidado y le tengo cierto cariño, aunque sea desesperadamente ingenuo. Espero que aún le encontréis cierto encanto.

Tengo muchos friquismos, y aunque el de la Dragonlance no fue de los más duraderos, si es de los más antiguos. Siempre me ha gustado imaginarme como un cruce de Raistlin Majere y Tasslehoff Burrfoot.

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TODO LO QUE REALMENTE NECESITO SABER LO APRENDÍ LEYENDO DRAGONLANCE

1.

Tenía un puñado de arena en una mano, y observaba cómo se me escurría entre los dedos sin que pudiera hacer nada para evitarlo. “Así se está yendo mi vida al carajo”, pensaba distraído. Si la autocompasión es una costumbre adictiva, en aquella época yo era poco menos que un yonqui. Estaba sentado en un lateral de la playa, completamente vestido, contemplando a los alegres bañistas como quien mira un cuadro de Picasso: fascinado por los colores y las formas pero sin entender absolutamente nada. ¿De dónde sacaba aquella gente la energía para vivir? ¿Cómo podían olvidarse de sus problemas tan despreocupadamente? Y la duda más aterradora: ¿cómo lograba ese gordo hortera no sentirse ridículo con una cadena de oro al cuello y un slip con jaguares estampados? Apunté a aquel atentado a la estética con el puño, cerrando un ojo para centrarle mejor, y sintiéndome mago por unos instantes murmuré ampulosamente lo primero que me pasó por  la cabeza: Ast tasarak sinularan krynawi.

El gordo cayó fulminado al suelo.

Obviamente, no creí que fuera cosa mía. Contemplé alucinado cómo los familiares del hortera caído se reunían a su alrededor, alarmados, tratando de ayudarle. Los últimos granos de arena cayeron de mi mano, ahora abierta, y me hicieron pensar en el humillo que en las películas sale de un revólver recién disparado. Un familiar especialmente atrevido estaba tapándole la nariz al desmayado, preparándose con obvia repugnancia a hacerle el boca a boca. Queriendo ahorrarle el mal trago, abrí la boca para decir algo como: “Tranquilos, ¿no veis que respira? Sólo esta dormido, sólo le he…”. Me di cuenta de lo que estaba pensando. Imposible. Me eché a reír por lo bajini, asombrado de mi propia estupidez. ¿Cómo podía creer que…? Aún sonriendo, cogí otro puñado de arena con la mano, apunté al desgraciado del boca a boca y repetí en voz alta las mismas palabras que antes.

 

2.

Pensad en algo que siempre hayáis deseado con todas vuestras fuerzas, más allá de toda esperanza real de conseguirlo. ¿Ya está? Ahora imaginad que un día cualquiera, de golpe, lo conseguís. ¿Cómo creéis que os sentiríais? ¿Sorprendidos? ¿Agradecidos? ¿Inconmensurablemente felices? Y una mierda. Os sentiríais como yo en aquel momento: pura y llanamente aterrorizados.

Dejé de pensar en coincidencias cuando comprobé por quinta vez en pocos minutos que el conjuro de “sueño” que había recitado distraídamente en la playa funcionaba a la perfección. Me puse al volante del coche y me marché de allá a toda velocidad, tratando de no pensar en el pánico que dejaba detrás mío en forma de epidemia contagiosa de desmayos playeros. Me di cuenta de que estaba temblando. No podía pensar con claridad. ¿Dónde exactamente había leído aquel conjuro? En alguno de los libros de la Dragonlance, claro. Soy del tipo de personas que se aprende esas cosas de memoria: puedo recitaros la letanía contra el miedo de Dune, el discurso de Roy Batty en Blade Runner o la cancioncilla de Frodo en El Poney Pisador (“y la vaca saltó sobre la luna…”). Por algún motivo, son los detalles así los que se me graban en la cabeza.

Tenía que comprobar una cosa. Conduje a todo huevo por las calles de mi ciudad, tratando de llegar a casa lo antes posible… Y tras lo que me parecieron horas pero que no debieron ser más de diez minutos, me puse a hojear apresuradamente las páginas de El retorno de los dragones. Al fin encontré lo que buscaba. Sin pensar en lo que hacía, apunté a la foto de Elenita (alias Nit), que estaba colgada en la pared y recité: Ast kirannan kair gardum soth aran suh kali jalaran. De mis dedos extendidos brotaron obedientemente cinco dardos de luz blanca, imposiblemente brillantes, y volaron con un silbido hacia la pared. Sonó una explosión, un estallido como el de un neumático reventando, y la habitación se llenó de yeso y polvo. Por suerte mis compañeros de piso no estaban en casa, y también por suerte ningún vecino llamó a la policía diciendo que había oído disparos. Tardé unos cinco minutos en atreverme a abrir los ojos, esperando en cualquier momento otra explosión que indicase que había reventado una tubería de gas o algo así. Finalmente me obligué a mirar, ni que fuese para hacer inventario de daños. La pared que había recibido el impacto de mis proyectiles estaba ennegrecida y desconchada en varios puntos, aunque no había llegado a atravesarla. De la foto de mi ex, la pobre Nit, apenas quedaban cenizas y una chincheta metálica al rojo vivo, aún clavada en la pared.

Me eché a reír. ¿Cómo era posible aquello? ¡Dios mío, realmente era capaz de hacer magia, magia de verdad, sin trucos de feria! ¿Quién de los que me estáis leyendo ahora no daría lo que fuera por conseguir ese poder? Caído en el suelo, continué riendo a carcajada limpia mucho rato, incapaz de controlarme. Joder, ni siquiera había tenido que pasar ninguna horrible Prueba, ni se me habían convertido las pupilas en sendos relojes de arena, ni había tenido que enfundarme en una túnica… Túnica… Dejé bruscamente de reír y mi expresión se fue amargando poco a poco, a medida que una desagradable idea iba penetrando en mi mente. “Hay tres tipos de magos”, recordé, “los bondadosos de túnica blanca, los neutrales de túnica roja y los malvados… Que van vestidos… Más o menos como yo…”. Dirigí una mirada a la camisa y a los pantalones negros que llevaba puestos, súbitamente incómodo. Ni recordaba los años que llevaba vistiendo de negro riguroso. Y no le hubiera dado importancia al color oscuro de mi ropa, de no ser porque aún tenía frente a mí el resultado de mi primer conjuro recitado adrede.

Un montoncillo de cenizas que poco antes era la imagen de la única mujer a la que he amado.

 

3.

“Vale, así que tu primer acto como supremo hechicero ha sido una venganza pueril contra una imagen de tu pasado, ¿y qué? Eso no te convierte en malvado”, rumiaba entre croqueta y croqueta, “simplemente tengo que aprender a controlar este… Este… Don. Encontrar qué puedo hacer y cómo puedo utilizarlo para… No sé, para algo”. Conjurar hechizos no me dejaba debilitado, como ocurría con los magos de Krynn, pero desde luego sí abría el apetito. Supongo que este es un detalle que se obvia en los libros, ya que la imagen de un hechicero devorando a dos carrillos no es precisamente demasiado digna.

Era imprescindible examinar mi situación con calma y cautela… Pero decidí ignorar la incómoda vocecilla de mi interior que exigía prudencia y me dediqué alegremente a experimentar con todo tipo de conjuros. En las Crónicas de la Dragonlance se especificaban explícitamente muy pocas fórmulas mágicas, tal vez cuatro o cinco. Sin embargo, pronto descubrí que bastaba con mantener en la cabeza una idea clara del efecto que se deseaba conseguir, mientras se pronunciaba en voz alta algo que sonara apropiadamente mágico. Las palabras aparecían solas en mi mente. Así descubrí que podía volverme invisible, cambiar de apariencia física o levitar un par de metros sobre el suelo. Invoqué una densa niebla que cubrió todo el edificio, para pasmo de mis pobres vecinos. Lancé sobre mí mismo un sortilegio de comprensión de idiomas, y comprobé que funcionaba entendiendo sin problemas los canales extranjeros de la tele por cable. Guiado por un súbito impulso, aferré el bastón de pino que empleaba en mis excursiones a la montaña y susurré: Shirak. El nudo de madera que coronaba la vara se iluminó con un resplandor blanco, enceguecedor. Dulak, musité apresuradamente. La luz se desvaneció por completo, aparentemente sin haber chamuscado el bastón.

Gracias al ensayo y error, descubrí que la duración media de la mayoría de mis sortilegios era de diez o veinte minutos. Transcurrido ese tiempo, sus efectos disminuían gradualmente y finalmente se disipaban. A pesar de que nunca he sido demasiado aficionado a los juegos de rol, me compré todo lo que pude encontrar sobre el juego de AD&D, en el que encontré largas listas de conjuros ordenados por niveles de potencia. Así encontré finalmente mis límites, al intentar realizar sin éxito un conjuro que presuntamente debía convertir la pared en un enorme lingote de platino. Bueno, no se puede tener todo.

El sonido de la puerta interrumpió mis ensayos. Oí por el pasillo el andar arrastrado y mortecino de Carlos, uno de mis compañeros de piso. Salí a su encuentro cerrando la puerta de la habitación a mis espaldas, para evitar que se viera el estropicio del interior. Carlos me dirigió su mirada de desprecio habitual, saludándome con una inclinación de cabeza mientras se disponía a entrar en su cuarto. No es que Carlos me odiara particularmente, sino que repartía su desprecio a partes iguales entre todos los humanos del planeta. “¡Ey, Carlos, espera un momentito!”, le grito. Y clavando mis ojos en su desagradable mirada, susurré algo como: Ask tangus moipar kin ibn salamar. El efecto no fue evidente a simple vista. Carlos se quedó inmóvil, con una expresión estúpida en la cara, mirándome fijamente. “Y ahora, Carlos, harás cualquier cosa que yo te diga, ¿verdad?”, pregunté inocentemente. “Comprobémoslo. Levanta los dos brazos y la pierna izquierda”. Sin dejar de mirarme, Carlos así lo hizo, tambaleándose para mantener el equilibrio. Quise comprobar hasta donde llegaba mi hipnosis. “Ahora dame todo el dinero que lleves encima”, exigí. “Puedes bajar los brazos y la pierna”, añadí rápidamente antes de que el pobre hombre se descalabrase. Con aire de estar haciendo lo más normal del mundo, Carlos se me acercó y empezó a sacar billetes doblados de los bolsillos. “Quieto, quieto”, me apresuré a detenerle antes de que pusiera a prueba mi integridad. Comprobado: Carlos era quizá el ser humano más tacaño de la Tierra, imposible tanta generosidad sin un lavado de cerebro absoluto.

Bien, ¿y ahora qué haría con él? Fantaseé por un momento con la idea de usarlo de criado personal, pero me reprendí inmediatamente por ser tan mezquino. Era el momento de demostrar que mis temores anteriores con respecto a los túnicas negras eran infundados. Llegó la hora de hacer el bien. Así que tras pensarlo un rato, le di estas órdenes: “Cuando acabe de hablar, olvidarás que he tenido contigo esta conversación. Eso sí: antes de una semana habrás pagado todo el dinero que adeudas a tus amigos, y les habrás devuelto cualquier cosa que les hayas robado. Le pedirás -mejor, le suplicarás- perdón a Clara por todo lo que le hiciste mientras salías con ella. Y… Trata a la gente con cordialidad, llama a menudo a tus padres, ordena tu habitación, dedica unas horas a la semana a tareas de voluntariado y… Y… No sé… ¡Dúchate de tanto en tanto, por Dios!”.

Carlos entró en su habitación, sin dar muestras de haber oído nada. En los segundos que siguieron, fui dolorosamente consciente de dos verdades fundamentales de la vida. La primera era que no era nada fácil utilizar un poder absoluto con estilo y sin corromperse. La segunda…

Nunca me había dado cuenta antes de que ser bueno fuera tan aburrido.

Podría dedicarme al robo siendo invisible, podría esparcir el caos por el mundo adoptando formas ajenas (ya me veía transformado en algún político importante y concediendo desconcertantes entrevistas a la tele), podría dedicarme a comediante y hechizar literalmente a mi público para que riera a carcajadas, podría convertirme en soldado y fundir tanques, aviones y misiles, podría… Podría hacer muchas cosas si no tuviera escrúpulos morales.

Joder. Toda mi vida deseando tener poderes y ahora no sabía que hacer con ellos.

 

4. 

Todos los elaborados planes que había trazado con respecto a Nit se fueron al diablo en el mismo momento en que abrió la puerta de su casa. Al ver su cara de ángel tuve que apretar la mandíbula con fuerza para no recitar el conjuro de hipnotismo y ordenarle que me quisiera tanto como yo a ella. Imaginaba que hacer eso sería probablemente un camino bastante directo a la maldad. Bien, si no podía ordenar, suplicaría como hasta entonces.

Me costó convencerla de que fuéramos a dar un paseo, ya que por desgracia no cortamos precisamente con suavidad. Nos conocíamos prácticamente desde que tuvimos uso de razón, y siempre fuimos amigos, dejándonos libros y jugando. Conociéndonos. Más tarde… Estuvimos cuatro años saliendo juntos, prácticamente toda mi vida universitaria, y nos separamos de malos modos unos pocos meses antes de mi memorable actuación playera. ¿Y por qué decidimos separarnos? Pff. Una larga lista de motivos. Celos mutuos, discusiones por motivos triviales, metas divergentes en la vida. Ella quería establecerse en la ciudad ejerciendo como enfermera, con casa propia, hipoteca, boda, niños… Y mi vida, en cambio, era un caos: yo aspiraba tan sólo a viajar y ver mundo, con el mínimo de ataduras y responsabilidades mundanas posibles. No conseguimos ponernos de acuerdo.

Pero procuré no pensar en nada de esto mientras paseábamos por la Rambla, cogidos de la mano como en los viejos tiempos. La noté preocupada y abstraída, como si tuviera la cabeza a mil kilómetros de distancia. Bien, sabía una manera de llamarle la atención. Había empleado un buen rato intentando decidir la mejor manera de revelarle mis nuevas habilidades, hasta el punto de que llegué a considerar el uso de mi recién aprendido conjuro de alto nivel “Palabra poderosa: orgasmo”. Finalmente opté por algo menos arriesgado y tal vez igual de espectacular. Así que la conduje a uno de nuestros rincones favoritos: el pequeño faro que se alza al final del puerto, al que llamábamos el “Faro del Fin del Mundo”, con Mayúsculas. Allá solíamos hacer románticas… Mmm… Bueno, nos gustaba el sitio y era solitario, ¿vale?

Ese día Nit estaba de mal humor por algún motivo, y además me di cuenta, algo preocupado, de que se cansaba mucho más rápidamente que antes. Siempre tuvo problemas de salud, de los cuales nunca quiso explicarme nada con profundidad. No era una chica frágil, pero su piel extremadamente pálida le daba un aspecto delicado, como de muñeca china. Traté de animarla diciendo chorradas, a mi estilo, mientras repasaba mentalmente los conjuros que me disponía a emplear en mi pequeño espectáculo. Cuando llegamos a nuestro rinconcito de playa solitaria frente al faro, Nit se sentó pesadamente sobre la arena, sin variar su expresión arisca.

– ¿Y bien? ¿Qué es eso tan importante que tenías que decirme? – me espetó bruscamente, y luego en tono más suave – Perdona, no quiero ser maleducada, pero es que he tenido un día realmente horrible.  He recibido… Bah, da igual. Dime.

No iba a tener el público más receptivo posible, pero en fin. Mi madre siempre decía que me crezco con las dificultades. Realicé un complicado floreo con las manos, mientras me venía a la cabeza el fragmento de las Crónicas en que Raistlin, poderosísimo archimago, actuaba como mago ambulante en una carreta gitana… Disfrutando de cada momento.

– Nit, ha ocurrido algo increíble. No sé cómo ni por qué, pero ahora tengo… Una especie de don. Un don con el que puedo hacer prácticamente cualquier cosa.

Había conseguido intrigarla, eso seguro. Continué mientras me inclinaba frente a ella.

– He pensado mucho en cómo podría utilizar mis nuevas habilidades, y he decidido… En fin, creo que lo mejor será usarlas para pedirte perdón. Sé que en los últimos tiempos me he comportado como un capullo – cuando se es todopoderoso es bien fácil ser magnánimo, pensé, guardándome muy mucho de decirlo en voz alta -, y no te he tratado tan bien como debería. No me he esforzado en entender tus ideas, tus necesidades –ni tú las mías, pero no es el mejor momento para comentarlo-, y te dejé escapar sin haber hecho todo lo posible por que continuáramos juntos. Así que quiero…

Nit abrió la boca dispuesta a interrumpirme, pero yo continué hablando, en crescendo.

– Quiero pedirte perdón y que me des una segunda oportunidad… Así que dime, guapa: ¿volverías conmigo si prometo ponerte a los pies el Sol, la Luna y las estrellas?

Un momento arriesgado, ya que rozaba (conscientemente) lo cursi. Contaba con ello. Ahora verás cómo convierto en realidad un tópico, pensé alborozado. Nit me observaba fijamente, con el ceño fruncido. Más parecía a punto de llorar que de sonreír, y no adivinaba el motivo. Lo mejor sería darse prisa…

– Y antes de que respondas, déjame que cumpla mi promesa, para que veas que soy de fiar. Ast kirul lemek tantagusar kair marduk telmener.

Y el Sol cayó de repente, como un peso muerto, y se hundió con un alegre estallido de espuma en las aguas del mar. Inmediatamente, el cielo se oscureció y se cubrió de estrellas, miles de ellas, muchas más de las que pueden divisarse normalmente a simple vista. Y cerca de la Vía Láctea, la Luna en cuarto menguante sonreía, brillante como la plata. O al menos eso es lo que vimos Nit y yo, por cortesía del más potente de mis conjuros de ilusión. Mi amada abrió la boca hasta tal punto que temí que se descoyuntara la mandíbula. Vi que durante un segundo intentó gritar aterrorizada, lo que no era exactamente el efecto que esperaba provocar, así que la abracé y me apresuré a tranquilizarla.

– ¿Ves a qué me refería? Ahora soy un mago, un hechicero de verdad. Tranquila, esto no es más que una ilusión, un juego de luces, si quieres. He traído la noche para Nit. Es una manera de decirte que…

Cerré mi puño izquierdo, terminando la ilusión. Así que el cielo nocturno desapareció de golpe,  sustituido por el anochecer natural. Abrí la mano de nuevo, lentamente, y en la palma sostenía tres pequeñas joyas, luminosas y cálidas al tacto: un Sol , una Luna y una estrella de cinco puntas. Con lo que esperaba fuese un gesto galante y caballeresco, dejé las joyas delante de la paralizada Nit, a sus pies.

– ¿Volverás conmigo, guapa?

Supuse que tendría que darle un par de minutos para reponerse. Con una mirada sorprendida e interrogativa que me pareció francamente adorable, se pellizcó fuertemente en la mejilla, ahogando un gemido.

– No, no estás soñando, tranquila. De veras, soy un mag…¡Aaay! ¿Por qué me pellizcas a mí? Diablos, yo tampoco estoy soñando. Esto es real, caray. ¿No tienes pruebas suficientes? No sé, ¿quieres que me convierta en rana y me das un beso? O yo qué sé… ¡Mira, mira esa piedra!

Recordando Willow, apunté a una piedra con el dedo y, tras recitar unas palabras, la convertí en una especie de pájaro inidentificable (no soy ornitólogo, ¿vale?), que levantó el vuelo inmediatamente, asustado. Creo que Nit ni se dio cuenta, aunque al fin intentó hablar.

– Pero cómo… Cómo pudiste… Así que eres… Puedes hacer…

Una sonrisa fue apareciendo poco a poco en su cara, como si se estuviera abriendo paso a la fuerza… Y de repente Nit se echó a reír alegremente, y juro por todos los dioses que fue el sonido más hermoso que he oído jamás. Se me echó encima, llorando, me abrazó y me cubrió de besos, mientras repetía una y otra vez algo que en un primer momento no logré entender. Un poco sorprendido por tanta efusividad, me uní a sus risas y la abracé con fuerza, hasta que comprendí las palabras de Nit y el estómago se me convirtió de repente en hielo seco:

– Podrás curarme el tumor…

 

5.

En las Crónicas de la Dragonlance está escrito algo así como: “no lamentes la partida de aquellos que mueren cumpliendo su destino”. Es un pensamiento consolador cuando dos de los protagonistas mueren, uno en batalla y otro abrumado por el peso de los años. Sus muertes, aunque tristes, estuvieron cargadas de honor, de sentido.

No fui capaz de encontrarle sentido a la inminente muerte de Nit.

Me rompió el corazón explicarle que los magos no pueden curar. Un hechicero sólo tiene poder para destruir, lanzar bolas de fuego, proyectiles mágicos, conjuros ofensivos o defensivos. Puedo volverme invisible o convertirme en mosquito, pero no soy capaz de curar ni un resfriado. Son los clérigos, los sacerdotes de los dioses de curación, los únicos que tienen tal poder. Al menos así era en las Crónicas, uno de cuyos temas principales era el retorno de la verdadera fe, la fe en los antiguos dioses: el advenimiento de la sacerdotisa de la diosa Mishakal, portando un medallón y una vara de cristal azul, repartiendo curación y sabiduría. No hay nada parecido en la lista de poderes de un hechicero.

Las previsiones más optimistas le daban seis meses hasta que tuviera que ingresar en el hospital, y unas cinco semanas más hasta que la metástasis la acabara matando. Menos si renunciaba a la quimio y a los tratamientos agresivos. O algo así entendí: en aquellos días vivía en una especie de nebulosa, sin enterarme demasiado de nada. Los datos médicos me entraban por un oído y se perdían en algún lugar del cerebro, fundiéndose con mis sentimientos de culpabilidad y de impotencia.

Hasta la tarde en que tuvo que ingresar finalmente en el hospital, acompañé a Nit siempre que pude. Jugábamos. Convertidos en halcones, volamos por encima de las montañas más altas, disfrutando de una sensación inimitable de paz, de libertad. Invisibles, nos colamos mil veces en los cines y gastamos todo tipo de bromas, algunas bastante pesadas. La deleité cada noche con ilusiones cada vez más elaboradas. Probamos todos y cada uno de los conjuros sexuales que se nos ocurrieron, con resultados más que satisfactorios. Vivimos todo lo intensamente que pudimos, de la manera en que se vive cuando se sabe que el tiempo se acaba. Que todo se acaba.

Finalmente ingresó en el hospital. Prefiero no hablar mucho de aquel día.

Una semana más tarde estábamos solos en su habitación. Ella estaba tumbada, con aspecto cansado y el sempiterno suero inyectado en un brazo. No tenía fuerzas para hablar, así que yo decía lo que se me pasaba por la cabeza, cualquier cosa, tratando siempre de distraerla.

– ¿Sabes? A veces me pregunto si no deberíamos haber nacido en Krynn, o en la Tierra Media, o en cualquiera de los mundos imaginarios sobre los que tú y yo hemos leído tanto. Muchas veces me parecían más reales que éste, que esta pobre Tierra nuestra llena de… No sé, de mierda y de injusticias. Quizás por eso conseguí mis inútiles poderes, por creer realmente en la existencia de Krynn. Al fin y al cabo convivimos años con sus habitantes, tú y yo, mientras devorábamos los libros y nos los prestábamos el uno al otro. En un mundo fantástico siempre hay esperanza, siempre hay una oportunidad, “un disparo entre un millón”, una victoria final cuando el Mal tiene el triunfo al alcance de la mano… O de la garra, vamos. El Bien siempre acaba ganando.

Continué hablando, sin saber muy bien lo que decía, pero con el vago presentimiento de que me acercaba, sin proponérmelo, a algo importante.

– Excepto en Krynn, claro. Allí el Bien nunca triunfa por completo… Por suerte. Sí, porque… Se debe mantener el… Un… Equilibrio… Entre todas las cosas…

Allí estaba. Me quedé callado unos instantes, pensando. Nit me miró, extrañada.

– Porque… Lo más importante del mundo de Krynn es que existe un equilibrio. Junto al bien, debe existir el mal. Junto… Junto a mi capacidad de destruir –recordé la foto carbonizada, la chincheta al rojo vivo– debe existir la capacidad de curar. Yo no la tengo, pero puedo… Puedo…

Supe que podía hacerlo si me concentraba lo suficiente. Cogí las manos de Nit entre las mías y cerré los ojos, ignorando la pregunta muda de sus ojos. Susurré las palabras que aparecieron en mi mente: Ast kiranann jair kandra sum selerann. “¡Añade la palabra mágica, capullo!”, gritó una vocecilla en mi interior. Decidí hacerle caso, y acabé mi invocación con un suplicante Por favor

 

6.

Así perdí todos y cada uno de mis numerosos poderes, traspasando todo mi potencial mágico a la persona que amaba. Tal como esperaba, el potencial se manifestó en Nit de forma contraria a la mía… Haciendo nacer así a la primera sacerdotisa de Mishakal, la diosa de la curación, en el planeta Tierra.

Tendríais que verla ahora mismo. Está apoyada en su vara de cristal azul, aún débil pero ya reponiéndose, mirándome por encima del hombro mientras escribo estas líneas. Aún no controla demasiado bien sus nuevos poderes, pero doy fe de que aprende deprisa. Preparaos para leer pronto artículos verdaderamente extraños en el Medical Enquirer.

He de confesar que a veces echo de menos mis poderes, poder volar y todo eso. Pero no lamento lo que hice ni por un microsegundo: jamás podría haberles encontrado un mejor uso. He salvado la vida de Nit, y por tanto la mía. Y seguramente muchas otras vidas, cuando la influencia de la diosa de la curación se extienda por el mundo.

Y además… ¿Sabéis que los sacerdotes de Mishakal también tienen conjuros sexuales?

Nit se ha echado a reír. Sí, tendríais que verla ahora mismo.

Es tan hermosa…

 

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