Hay que joderse (I) – Veinticinco

Ayer encontré en formato electrónico Hay que joderse, un recopilatorio de los cuentos que escribí hace catorce o quince años. La mayoría son desesperadamente postadolescentes y más malos que la carne de pescuezo, pero hay un par que me siguen haciendo gracia hoy en día, así que me apetece compartirlos con vosotros. Por ejemplo, Veinticinco, escrito la mañana de mi vigésimo cumpleaños… Lo que, si sacáis cuentas, fue dos años antes  del estreno de cierto peliculón que os resultará familiar a la que leáis la historia.

En cualquier caso, espero que perdonéis las imperfecciones narrativas de escritor jovenzuelo… 


 

Veinticinco

 1533.  7:15 A.M.

            Me despierta un pitido agudo y estridente. Piiiippiiiipiiiip… Supongo confusamente que debe ser un despertador, aunque no recuerdo haber utilizado nunca. Así que sin abrir los ojos manoteo a mi alrededor buscando un botón, una palanca, algo que haga callar al cabronazo. Paf. Parece que lo he tirado. Al menos el pitido se para, tan bruscamente como había empezado… “Joder” –pienso- “Vaya manera de despertarme”. Empiezo el ritual mañanero: desperezamiento a la una, bostezo a las dos, apertura de ojos a las tres…

            No estoy en mi habitación. ¿Dónde coño…? Esta no es mi cama, esta no es mi mesilla de noche, esta no es… Incorporándome, miro hacia la izquierda, despacio. Veo a una mujer. ¿Quién…? Está durmiendo sobre las sábanas, medio desnuda y en posición fetal. Me da la espalda. Oigo su respiración profunda y regular. Me doy cuenta de que estamos en una cama doble. “Joder”. Procuro moverme haciendo el menor ruido posible. Sentado en la cama, trato de recordar qué hice ayer por la noche. “Joderjoder”. Veamos. Ayer era mi cumpleaños, cuatro de diciembre. Lo celebré con unos amigos por la tarde, con otros por la noche… Y volví a mi piso solo, algo borracho, puede, pero decididamente solo. Recuerdo haber entrado en mi piso, encendido las luces, caminado torpemente hacia la cama… Estoy seguro de haberme deseado mentalmente “Felices veinticinco, cabronazo” después de caer grogui en mi cama. Pero ya no estoy ahí. Y me doy cuenta de que no tengo resaca. ¿Por qué no tengo resaca?

            ¿Quién debe ser esta mujer? ¿Me he acostado con ella borracho y no me acuerdo? Nunca he hecho nada parecido. ¿Será Marta? Tiene el pelo negro y largo, igual que ella. Quizás se ha arrepentido de haberme dejado y ha decidido darme una sorpresa por mi cumpleaños… O puede que esto sea una broma de mis amigos. Rubén y Dani siempre han sido un poco animales, por lo que sé podrían haberme metido en un burdel… Aunque esto no parece un burdel. Miro a mi alrededor, tratando de que algún detalle me resulte familiar… No. Veo pocos muebles: una mesa grande llena de papeles, dos mesillas de noche, una lámpara de buen tamaño en el techo. La luz de la mañana entra por una ventana grande, sin cortinas. Echo un vistazo a la mesilla más cercana. Un periódico doblado. Un vaso de cristal vacío. Un libro escrito a mano que no reconozco, parece una especie de diario o algo así… Está abierto en una de las primeras páginas. Echo un vistazo, sin leerlo… Ey, ¡parece mi letra! Pero yo no recuerdo haber escrito esto. Líneas y líneas de apretada escritura encabezadas por una frase estampada en tinta roja:

¡VICTOR! LEE ESTO NADA MÁS DESPERTARTE.

            Pensativamente me rasco la barbilla… ¡Ey, un momento! ¿Desde cuándo tengo barba? Me pongo de pie bruscamente, asustado. ¡Joder, nunca me he dejado barba! Y sin embargo ahí está, espesa y aparentemente bien cuidada. Le pego un fuerte tirón: no cede. Es auténtica. Sigilosamente busco un espejo por la habitación. Hay un espejito de mano encima de la mesa grande, entre los papeles. Casi temiendo lo que voy a ver, lo cojo… Y me miro. Sí, soy yo. La cara es la misma. Pero parezco mayor, quizás por esa barba que nunca había estado ahí. Sobre la ceja derecha… ¿Qué es eso? ¿Una cicatriz? Muy pequeña, casi invisible… Tampoco estaba ahí ayer por la noche. Ayer. Ayer… Vuelvo a sentarme en mi lado de la cama y cojo el periódico de la mesilla. La fecha, mira la fecha… Antes de que pueda verla oigo un ruido a mis espaldas. Es ella, la mujer desnuda. Rebulle en sueños, está casi despierta. Murmura algo… Y se da la vuelta hacia mí. Por primera vez le veo la cara… No es nadie que yo conozca. Pero sí, oye, me hubiera gustado conocerla… Es una mujer bonita. No preciosa, no despampanante, pero de rasgos finos y buen cuerpo. Quizás algo rellenita. Calculo que de unos treinta años. La miro un rato de arriba abajo, sintiéndome un poco violento. Y distraídamente echo un vistazo a la fecha del periódico… 17 de diciembre. Mierda. Así que desde ayer noche han pasado trece días… ¿Por qué no me acuerdo de nada de esos trece días?

– ¿Victor? Cariño, ¿estás despierto?

No ha abierto los ojos aún. No quiero empezar a dar explicaciones, así que me levanto y decido salir de allí. El lavabo. Ve al lavabo. Allí podrás sentarte tranquilo y pensar en qué coño pasa. Cojo el libro escrito con mi letra y el periódico y me levanto de nuevo. Salgo de la habitación y me encuentro en un estrecho pasillo. A mi alrededor hay varias puertas cerradas. No reconozco nada, no sé donde estoy ni donde está el maldito lavabo. A trompicones me acerco al extremo del pasillo y abro una de las puertas. Veo una habitación oscura. Una cama pequeña, como de niño. Vacía. “¿Dónde coño está el lavabo?” Abro otra puerta. Huele a lejía, debe ser aquí. Busco a tientas un interruptor, lo pulso y se enciende un fluorescente blanco en el techo. Bingo, es el lavabo. Entro y cierro la puerta, corriendo un pestillo tras de mí. “Joder”. Me empieza a doler la cabeza, no puedo pensar con claridad. No entiendo nada. Procurando no tropezar, me siento sobre la tapa del water. Está bajada, en mi casa eso sería inimaginable… Cierro los ojos. “Trece días, trece días en blanco… Pero ¿cómo me ha podido crecer tanta barba en sólo trece días? Un momento… Dios, no. No puede ser”. Miro de nuevo la fecha del periódico: 17 de diciembre de 2003. “¿¡Cuatro años?! ¿Han pasado cuatro años?”. Oigo golpes en la puerta del lavabo.

– ¿Víctor? ¿Víctor? Perdona, me he quedado dormida, no he oído el despertador. No he podido levantarme antes que tú. ¿Has leído el libro, Víctor? ¿Las primeras páginas?

Intento contestar, hablar, pero no puedo decir nada. Abro el libro por la primera página. Veo un encabezamiento escrito con mi letra: DÍA 911. Oigo de nuevo la voz de la mujer en la puerta, apremiante.

– Víctor, soy Sara. Léelo, Victor, tú mismo lo escribiste. Lee el libro.

Leo el libro. 

911. Diario de Víctor Gades

¡VÍCTOR! LEE ESTO NADA MÁS DESPERTARTE.

 “Víctor. Te llamas así. Se supone que eso no lo olvidarás ninguna de las veces, pero te lo repito por si acaso. Víctor Gades. Crees que estamos a cinco de diciembre de 1999, pero no es así. Te daré la versión resumida: cada noche, al dormir, olvidas todo lo que te ha ocurrido durante el día. Así de simple, así de inexplicable. Como si tu mente fuera un vinilo rayado. Escribo esto a las 2:40 de la madrugada; dentro de veinte minutos caeré dormido y olvidaré las últimas veinticuatro horas. Se llama narcolepsia circadiana: no puedo permanecer despierto a partir de una hora determinada, en mi caso las tres de la mañana. No importan los estimulantes y drogas que me meta en el cuerpo, o lo que esté haciendo en ese momento… Puf, dormido y olvidando. Las neuronas de la memoria a corto plazo se cortocircuitan con un horario más regular que el de un tren de cercanías. Así que la putada es que no hay nada que ligue un día con otro excepto Sara y el diario. Aunque aún no sabes quién es Sara, claro…

Sara es tu mujer. Te explicaré cómo la conociste… conocí… conocimos, vaya. Aunque supongo que entenderás que es una historia de segunda mano, ya que sólo sé lo que está escrito en el diario junto a lo que Sara me ha explicado hoy. El 12 de diciembre de 1999, cuando nadie sabía muy bien qué me pasaba y mis familiares consideraban seriamente la posibilidad de ingresarme en un psiquiátrico, salí corriendo de casa y entré en el bar Mediterráneo. Allí me dediqué a emborracharme y a hablar con Sara, una de las camareras. Por lo visto yo estaba hecho una mierda y al borde de la histeria, pero… No sé, supongo que debió quedarse intrigada con mi historia, o le di pena –aunque esto ella lo niega- o simplemente me encontró interesante –que también podría ser, qué cojones-. El caso es que le caí bien y quiso volver a verme. Y para que la recordase a la mañana siguiente, me dio una foto suya y escribió en el reverso su nombre, teléfono y dirección.

Y así empezó la relación más absurda, inconexa y fragmentada de la historia: al parecer cada mañana me despertaba, veía su foto apretada en mi mano derecha y la buscaba, sin saber quién era aquella mujer tan guapa ni por qué tenía su teléfono. Ella me explicaba todo el asunto, y normalmente yo lo aceptaba con más o menos filosofía. Algunos días los malgastamos yendo a médicos, psiquiatras, hipnotizadores, parapsicólogos. No sirvió para nada, como ya te debes imaginar. Y nos dedicamos entonces full-time a los dos pilares de cualquier romance clásico: hablar y follar.

Pero hay un problema, claro. O dos. Vaale, puede que tres. El primero es que ella sabe de mí todo lo que se puede saber de alguien… Pensamientos, opiniones, historias, noviazgos, perversiones, todo lo que me ha pasado por la cabeza durante los veinticinco años de mi vida. Pero cada vez que le digo algo no tengo manera de saber si ya se lo he contado antes, o incluso cuántas veces. ¿No te ha pasado nunca estar explicando una historia y a la mitad de una frase acordarte de que es la segunda o tercera vez que el pobre tipo con quien estás hablando la oye?Pues imagínate la situación con Sara… Lo que hago es fijarme en su expresión mientras hablo. Cuando el pensamiento o la anécdota o lo que sea que empieza a salir de mi boca ya ha sido oído demasiadas veces, Sara cierra un momento los ojos. Es algo más lento que un parpadeo, y además se puede distinguir porque a veces frunce un poco el ceño. Según el diario, me di cuenta de ese gesto el día 196 y se lo comenté a Sara. Ahora el gesto se ha convertido en costumbre consciente, y el cerrar los ojos y fruncir el ceño ha pasado a significar: “Victor, te repites más que el ajo, calla o cambia de tema”.

El segundo problema, claro, es el inverso: cada mañana yo no sé nada de ella. Es una desconocida, alguien a quien no he visto nunca antes. ¿Te das cuenta? Ella sabe hasta lo del trío con la hermana de Laura y tú no sabes ni su apellido (que es Molina, por cierto). En fin, este problema fue más difícil de resolver. Qué coño, no está resuelto. El día 217 por la mañana Sara escribió en quince folios lo que consideraba esencial de su historia y personalidad. Sus opiniones, las cosas que odiaba, los secretos que me había explicado, sus gustos en la cama. Y ese mismo día por la noche yo añadí otros cinco folios con lo que más me había impresionado de ella, por qué la encontraba adorable, qué me irritaba, qué había aprendido de ella en las últimas veinticuatro horas. A pesar de que hemos repetido muchas veces este ritual, lo que escribimos el 217 no ha sido superado aún –debíamos estar inspirados, o quizá tuvo algo que ver con la maría que nos fumamos antes de escribir-. Y excepto algunas correcciones en rojo añadidas por Sara cada semana, el texto continúa igual. Lo encontrarás grapado en la parte central del libro que tienes en las manos. Léelo antes de hablar con Sara. Obviamente, no es lo mismo oír hablar de alguien que conocerle, pero como mínimo el informe te servirá de ayuda para no tener que empezar cada mañana partiendo de cero. No te preocupes: según Sara ahora estarás en shock y moderadamente idiota, pero sueles centrarte y calmarte hacia las diez de la mañana. A las doce ya parecerás de nuevo una personita. Créeme. Hoy me ha pasado.

El tercer problema es más sutil, pero importante. Puedes deducirlo tú mismo, pero voy a darte pistas… Por ejemplo, ¿estoy realmente casado con Sara? La noche 666, después de un día especialmente intenso, ella me pidió que nos casáramos. Dije que sí. Bueno, en fin, ¿tiene ese sí alguna validez? Está escrito en el diario y grabado en vídeo, pero no recuerdo haberlo hecho, ¿sabes? No puedo estar enamorado de Sara. Joder, acabo de pasar todo el día con ella y sí, es una gran mujer, guapa simpática, decidida y lo que tú quieras, y ha hecho más por mí de lo que creía que podía hacerse por nadie, pero… Mira, sabes que no creo en el amor a primera vista ni en polleces por el estilo. Y si existe, se da con otro tipo de personas, no conmigo. Así que ¿por qué contesté “sí” el día 666? A lo mejor pensé que sin ella iba a quedarme solo y que jamás encontraría a alguien capaz de los sacrificios que hacía Sara por mí. Quizás fue por todo lo que hicimos durante el día 666, o por la impresión de que aquel tipo con mi cara que salía en los vídeos grabados parecía ser realmente feliz con ella. Si había tenido días felices hasta entonces, ¿por qué no debería seguir así en el futuro? O tal vez aquel día sí me enamoré de ella, porque a pesar de lo dicho antes puede que apareciera una vena romanticona que ignoraba poseer. No tengo ninguna manera de saberlo. Y aplica el cuento a todos los demás días de nuestra vida en común. No hay forma humana de saber lo que me pasaba por la cabeza realmente en esos momentos. No lo recuerdo, y cuando escribo en el diario sobre mis sentimientos puedo mentir. Probablemente lo hago.

Otra cosa, y perdóname estas digresiones. Sara se enamoró de mi yo de veinticinco años, que es el que seré para siempre. Pero ella cambiará, crecerá de veras y no solo físicamente, y cuando tenga cincuenta o sesenta años tendrá pensamientos y necesidades que no podré entender ni satisfacer… O quizás yo sí pueda pero ella ya no le vea la gracia a seguir con un hombre que sólo madura físicamente pero que sigue con la irresponsabilidad de mis idiotas veinticinco años. Vamos, que lo que ella vio en mí seguirá ahí dentro de treinta años, pero a ella puede que ya no le emocione. Que le aburra. O aún peor, que le disguste.

Sara está leyendo por encima de mi hombro a medida que escribo esto. Y juraría que cierra los ojos y frunce el ceño, así que seguro que ya hemos hablado de esto otras veces. Si es así, Sara no suelta prenda al respecto. Y si iba a decir lo que creo que iba a decir, seguramente sea mejor el silencio. Aunque Sara también miente bien, ¿sabes? Voy a ponerte nervioso. ¿Te has fijado en la cicatriz que tienes en la cabeza? No estaba allí a nuestros veinticinco años. En teoría un buen día (el 833) te caíste por unas escaleras poco después de levantarte. No te acuerdas, claro, y no hay ningún vídeo grabado del accidente. En la entrada 833 del diario no hay nada escrito, porque permanecí inconsciente el resto del día. Bueno. ¿No podría ser que discutiéramos Sara y yo por cualquier motivo y que ella me empujara escaleras abajo en un impulso de rabia? Por lo visto el día 832 fue movidito: problemas con sus padres. Ella debía estar aún nerviosa. No creo que realmente me empujara, pero podría haberlo hecho.

Ahora imagínate otra situación: un día hojeas el diario y te das cuenta de que hay algunas páginas arrancadas. No tendrías ninguna manera de saber por qué las ha arrancado. Para ti es como si esos días nunca hubieran existido. Tal vez habías tenido una aventurilla con otra. A lo mejor os habíais estado peleando y en el diario escribiste algo desagradable como “Victor, lo primero que debes hacer mañana es salir de esta casa y dejar a esta mujer”. O puede que fuese ella la que te había puesto los cuernos y enviado a la mierda por escrito y luiego, arrepentida, quisiera enviar los últimos días directamente a la papelera. Piénsalo: si la última semana ha sido desagradable, ¿por qué no borrarla de la existencia? De la tuya, por lo menos. No sé si te das cuenta del poder que tiene Sara sobre ti. Si un buen día decidiera que te odia, podría dejarte tirado en la calle cualquier noche mientras durmieras, quemar el diario y borrar las cintas de vídeo, destruir todos los días de tu vida a partir del 5 de diciembre de 1999. Pero sé que ella me quiere y nunca haría eso. O eso creo, joder. Yo qué sé. Ha sido un día muy largo.

Dejando aparte a Sara, ¿te das cuenta de la putada que representa olvidarlo todo cada día? Desde el punto de vista menos filosófico y  más mundano. Por ejemplo, ya nunca podrás sacarte el carnet de conducir. No es que haya tenido nunca demasiadas ganas, ya lo sabes, pero siempre sabía en mi interior que algún día podría decidirme. Ya no. Cada mañana volverás a confundir el freno y el embrague. Olvídate de aprender idiomas, música, bailes de salón. Olvídate de los libros largos: tendrás siempre menos de 24 horas para leer. Olvídate de mejorar tu ajedrez, tus habilidades de oratoria, tus conocimientos de informática –que, por cierto, quedarán irremediablemente obsoletos enseguida-. Olvídate de aprender un oficio, olvídate de trabajar en nada complicado… Cinco años de telecomunicaciones de poco te habrán servido. Cualquier proyecto necesita un período de aprendizaje, ¿no? Y por mucho que apuntes todos los detalles, no puedes permitirte empezar de cero cada mañana. No cuando tienes tan poco tiempo cada día y tanto por hacer. No cuando debes dedicarte a Sara. De cualquier manera no te preocupes por el dinero: el estado te paga una pensión de invalidez y Sara recibe donativos y regalos de gente que conoce nuestro caso. Somos famosos, ¿sabes? Aunque por suerte no nos hemos convertido en fenómenos de feria. Aún.

            Bueno. Acabando: consejos prácticos. Hojea las últimas páginas de este diario para ver qué has hecho en estos últimos días. Verás que cada día está indicado con un número: empiezo a contar, claro, desde el cinco de diciembre de 1999, aunque la primera entrada de este diario revisado y corregido es la de hoy, día 911. Cada día verás indicado un pequeño resumen de lo que hice, necesariamente corto porque ya bastante poco tiempo tengo cada día. Te aconsejo también que veas alguno de los vídeos que Sara y yo grabamos. Excursiones, citas, viajes. El reportaje de nuestra boda deberías verlo. La luna de miel… Algún polvo filmado, ya verás. No sé, cuando he visto alguna cinta esta mañana me he sentido muy incómodo al principio. Es una sensación embarazosa verte en pantalla haciendo cosas que no recuerdas y a las que no puedes asociar ninguna emoción… Pero más vale que te acostumbres rápido.

Ah, una cosa más. Tu familia te odia por motivos que no vienen al caso. Por lo visto habéis tenido alguna pelea, seguramente económica, aunque las versiones difieren según quién explique la historia. El caso es que ni tú ni yo guardamos ningún rencor a nadie, claro, pero el resto del mundo no tiene esa suerte. Así que algo que le hiciste a tu/nuestra familia aún les duele. Tranquilo, a lo largo del día te vas a encontrar con muchas sorpresitas como esta. No les dediques mucho tiempo: si lo haces verás que cada mañana consumen más y más. Te aconsejo que te dejes llevar, que preguntes a Sara los detalles esenciales de todo y vivas momento a momento. Esto es como reencarnarse: cada mañana empiezas una nueva vida. Y el karma que creas cada día determina en parte cómo será tu vida del día siguiente…

Las 2:55. Ya acabo. Date prisa y ve a hablar con Sara, ella te ayudará. Y oye… ¿Por qué no te dejas barba? Tu yo del día 911 te lo aconseja.

1533. 8:00 a.m.

 Joder. Pues qué bien. Veo que al menos en lo de la barba me he hecho caso a mí mismo. Hojeo rápidamente las páginas del diario. Leo la última que veo escrita: día 1532. Ayer debía tener prisa: parece un puto telegrama redactado por Tarzán.

            “No consigo centrarme hasta 12:00. Visita padres Sara a comer 16:00. Agradable, aunque violento. ¡Conozco novia hace pocas horas y ya comida con padres! Preguntaron si hijos. Enviados amablemente a la mierda. Sara enfadada, mal humor hasta 23:20. Reconciliación difícil. Polvo espectacular a las 0:00. Día duro”.

            Debajo del párrafo veo unas líneas en rojo presumiblemente escritas por Sara:

Correcciones: De espectacular nada, majete, has tenido días mejores. Sigo muy enfadada por lo de mis padres. Y hazte a la idea de que cuando te dije que en la cama eras el mejor que había conocido… Mentía. Campeón”.

Mierda. Pues vaya día me espera. ¿Qué puedo decir ahora? ¿Yo qué sé cómo reconciliarme con una persona que no conozco? ¿Qué hará, empujarme escaleras abajo? Esto es absurdo. Al borde de la histeria, busco las páginas grapadas que según mi yo del día 911 están en el centro del diario. Ahí las veo, pero estoy demasiado mareado para leerlas. Intuyo que este no va a ser uno de nuestros mejores días. Supongo que no importa demasiado, mañana no me acordaré… No…

            Joder, párate a pensarlo.

            Párate a pensarlo.

            Todo lo que haga, bueno o malo, me pelee ahora con Sara o no… Nada tendrá importancia para mí. Como si no lo hubiera hecho. Mañana será como si otra persona a la que no conozco hubiera hecho salir las palabras de mi boca… Estoy atascado en el 5 de diciembre de 1999, después de mi cumpleaños. Mi último recuerdo es y siempre será haberme deseado, tumbado en la cama, “felices veinticinco, cabronazo”. El mundo entero sigue adelante sin mí y ahora sólo soy un puto turista, viendo pasar un tren que acelera mientras yo sigo sentado quietecito en el andén. Todo el mundo cambia, crece, madura, joder, menos yo que aún tengo veinticinco años, incluso cuando mi cuerpo sea de anciano seguiré teniendo veinticinco años, me despertaré por la mañana con el dolor de la artritis y pensaré que tengo veinticinco años y que ayer fue mi cumpleaños, mi jodido cumpleaños. Y descubriré que me han regalado cincuenta años de golpe. Qué bien. Y tendré mujer, puede que hasta tenga hijos, pero no me acordaré de ellos y los conoceré por primera vez cada mañana. Y algún día me despertaré intubado en una cama de hospital, con una mujer desconocida cogiéndome de la mano, y pensaré “¿Pero qué…? ¡Pero si ayer estaba en mi casa, tenía veinticinco años recién cumplidos y era joven y sano y fuerte! ¿Qué ha pasado?” Y moriré sin saber si he tenido una buena vida o no, moriré habiendo vivido sólo veinticinco años y un día. Joder, pienso sentado en la taza del water, joder. No recordaré nada de esto antes de morir. Es como si ya estuviese muerto. No puedo hacer nada para evitarlo. Nada… Joder. Rompo a llorar en silencio, sintiéndome algo idiota.

            Oigo a Sara decir algo en el pasillo. Me levanto, abro el pestillo y la veo, detrás de la puerta, cansada y ojerosa pero viva, sólida, real. Sonríe. Y pienso que si ahora me pidiese que me casase con ella le diría que sí sin dudarlo. Porque está viva y yo muerto. Me abrazo a ella y sigo llorando sobre su hombro, pensando muy confusamente que yo no me porto así con desconocidos, así que ella no puede ser una desconocida. Farfullo en voz baja algo así como Sara, seas quien seas te quiero, guapa, abrázame y dime que no me he vuelto loco, te quiero, joder… Y en un rincón de mi cerebro la vocecita fría que nunca pierde la calma susurra que es un momento muy bonito, un puto momento Nescafé, pero que es una suerte que no pueda verle la cara a Sara. Porque estoy seguro de que al oír mis palabras ha cerrado un momento los ojos frunciendo el ceño.

            Hay que joderse.

8 comentarios sobre “Hay que joderse (I) – Veinticinco

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    1. Gracias a ti por leerlo!

      Jaja, joder, qué fuerte, hasta que lo has dicho no había caído en que el día en que he publicado el cuento es el día en que transcurre la acción… Vaya coincidencia. 🙂

      Me gusta

  1. Hola, esta historia, entre otras cosas, veo lo rápido que se puede resumir la vida de uno cuando el tiempo apremia y la mala costumbre que tienen “los que no olvidan” a enredarse con las palabras a la hora de comunicarse. De esta historia podemos entrever lo simple que son algunas cosas y lo mucho que lo complicamos.
    Me gusta mucho ese punto metafísico de caer en un sueño profundo y olvidar la identificación que tenemos con el personaje. Me pregunto si “este personaje del cuento” aun a pesar de no recordar quien es al despertar sigue la inercia y la tendencia a ser el mismo o verdaderamente hay un liberación, y desde ese punto podríamos preguntarnos si somos lo que hace la vida de nosotros o somos lo que somos y la vida es como es independientemente de los sentimientos y pensamientos que sentimos.
    Y puede que si exista la posibilidad de aprender en un día las enseñanzas de toda una vida… demasiada paja nos sobra 😉

    Un saludo

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    1. Una visión interesante… Quizá cuando al protagonista del cuento se le pase el shock inicial se dará cuenta de las posibilidades que le da su situación: reinventarse a uno mismo cada mañana, ahí es nada. Con veinticinco años gran parte de la personalidad está formada, y el prota se enfrenta cada día a un lienzo en blanco: no podrá aprender de sus futuros errores, pero tampoco le traumatizarán.

      Yo creo que lo que define a un ser humano no es exactamente lo que hacen de él sus recuerdos, sino la capacidad de generar nuevos. Eso sitúa al prota en un limbo intermedio, una posición hasta cierto punto privilegiada…

      Un saludo! 🙂

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