La cena, de Herman Koch

Me apetece comentar brevemente una novela que cayó en mis manos por casualidad y en la que pueden encontrarse un par de puntos realmente interesantes a pesar de que el conjunto no sea la octava maravilla del mundo. Se llama La cena, su autor es Herman Koch y en 2009 se convirtió en un éxito arrollador en Holanda, vendiendo casi medio millón de ejemplares y convirtiéndose en Libro del Año.

Dos parejas de clase media-alta se reúnen en un restaurante de lujo para una cena aparentemente informal. Sin embargo, un tema espinoso planea sobre la mesa durante la conversación: dos de sus hijos adolescentes se han visto envueltos en un acto de violencia grave e irracional. ¿Cómo reaccionar ante ello? ¿Es mejor hacerlo público, asumir la responsabilidad y buscar el perdón social o tratar de ocultarlo a cualquier precio?

Ese acto de violencia puede que os resulte familiar a muchos, ya que la novela está basada libremente en un hecho real: el asesinato de una indigente por parte de unos gilipollas pijines de clase alta en Barcelona en 2005. Las imágenes de la cámara de seguridad del cajero en que dormía la pobre mujer dieron la vuelta al mundo, y a ellas se refiere Koch en la novela. Un asesinato televisado.

 A grandes rasgos estoy bastante de acuerdo con la razonada crítica de La cena publicada en La Medicina de Tongoy, y mi reacción ante la novela fue similar a la descrita ahí: unas expectativas muy grandes que se diluyeron hacia la mitad del libro por una trampa introducida por el autor. Una salida barata y fácil frente al problema de la violencia: convertir al violento en un psicópata clínico, deshumanizarlo y apartarlo de la “normalidad”. Es un loco, es diferente, no es como nosotros: es imposible que uno de los nuestros golpeara a una mendiga con una botella vacía o un cono de tráfico. Y sin embargo, si algo nos ha enseñado la historia reciente es que no es necesario ser psicópata para convertirse en un cabrón: la banalidad del mal, la brutalidad algo bovina de las guerras (especialmente las civiles), la crueldad letal del darwinismo social en época de crisis… Lo realmente complicado, lo que hubiera podido convertir la novela de curiosa sin más en realmente importante, es explicar por qué un joven normal sin problemas sociales o mentales aparentes es capaz de comportarse como un perfecto hijodeputa. Pero el enfoque adoptado por Koch es algo cobarde. Y en fin, son mucho más significativas las incursiones de Bolaño en la esencia del mal, en casi cualquiera de sus libros.

Una vez hecha esta salvedad, lo cierto es que La cena resulta una novela absorbente, que capta la atención enseguida y se lee en dos patadas… Y si bien no entrega tanto como prometía, sí deja unos cuantos capítulos interesantes y algún párrafo memorable. Por ejemplo: durante una discusión sobre si Adivina quién viene a cenar es una película involuntariamente racista, el protagonista deja caer esta reflexión, aplicable no sólo a la homosexualidad sino a cualquier tipo de “tolerancia” hacia las formas de vida alternativas:

“En un programa entrevistaban a una señora que tenía por vecinos a una pareja gay, dos chicos jóvenes que vivían juntos y que, de vez en cuando, se ocupaban de los gatos de la mujer. Pues bien, ella aseguraba que eran un cielo. Lo que en realidad quería decir era que, aunque sus vecinos fueran homosexuales, el hecho de que se hiciesen cargo de sus gatos demostraba que eran personas como tú y como yo. Aquella mujer apareció en el programa irradiando cierto aire de autosuficiencia, encantada con la idea de que a partir de ese momento todo el mundo sabría lo tolerante que era. Que sus vecinos eran un cielo a pesar de hacerse guarradas entre ellos. Cosas reprobables, de hecho, cosas enfermizas y antinaturales. Perversidades, en resumidas cuentas, que sin embargo quedaban disculpadas por el cuidado desinteresado que prodigaban a sus gatos. (…)

Para comprender lo que esa mujer aseguraba sobre sus vecinos, habrá que plantear la situación al revés. Si los dos homosexuales encantadores no se hubieran dignado a dar de comer a los gatos y, al contrario, les hubiesen tirado piedras o arrojado trocitos de solomillo envenenado, hubiesen sido sencillamente unos asquerosos maricones”.

Traigo aquí también otra obviedad que sin embargo olvidamos a menudo: las víctimas de algo (una guerra, una catástrofe) no pierden su humanidad al convertirse en víctimas… Ni para lo bueno, ni para lo malo.

“Pensad en los millones de víctimas de todas las guerras que ha habido hasta el momento (…) Sólo desde el punto de vista estadístico es imposible que todas esas personas fuesen buena gente, con independencia del bando al que pertenecieran. La injusticia es más bien el hecho de que los cabrones también van a engrosar la lista de víctimas inocentes. Que sus nombres también aparecen en los monumentos de guerra”.

Y termino esta breve reseña con una frase referida a los primeros ministros holandeses, pero que sin mucho esfuerzo podremos adaptar a la realidad española, por desgracia.

“La vergüenza ajena por nuestros primeros ministros es la única emoción que fluye de un gobierno holandés al siguiente”.

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