Los pies en la tierra, la cabeza en las nubes

29 de enero de 1990, 9:46 de la mañana. La ensayista Yoko Araki muere a los 42 años en una cama de hospital, sosteniendo la mano de su esposo, Nobuyoshi Araki. Superado por el dolor y la pena, Nobuyoshi queda como anestesiado, y pierde la maníaca energía interior que le ha convertido en uno de los fotógrafos más intensos del mundo. Dos semanas más tarde, la mañana de San Valentín, Araki coge su cámara, sale al balcón y fotografía el cielo. Y otra vez el cielo. Y otra vez. Y otra. Araki pasará los siguientes seis meses enfocando la cámara hacia arriba… “Mi esposa había muerte y todo lo que podía hacer era fotografiar el cielo”, dirá más tarde.

Muchas de esas fotografías pueden verse en Skyscapes, un bellísimo paseo por el cielo incandescente de Tokyo, un imponente vacío punteado por lejanos edificios y nubes viajeras de todas las formas y tamaños, que le dan vida y textura. No sé si Araki encontró en el cielo el significado que iba buscando, pero tras ese precioso homenaje a su mujer recuperó la alegría por la vida y su energía demente marca de la casa.

(Si queréis saber más de mi fotógrafo favorito, echad un vistazo a este monográfico sobre Araki que escribí para Jot Down Magazine. Y aquí tenéis un retrato escalofriante y melancólico de los últimos días de Yoko escrito por Alfie Lee).

Cuando gracias al club del libro puse las manos sobre La guía del observador de nubes, del británico Gavin Pretor-Pinney, me vino enseguida a la cabeza esta historia de Araki en que el cielo y las nubes jugaron un papel curativo y regenerador. Y es que a lo largo de la historia ha habido mucha gente que ha encontrado belleza, tranquilidad, alegría y significado en la observación del cielo, y en particular de las nubes.

Yo mismo no aparto últimamente la mirada del cielo desde que leí La guía del observador de nubes: es quizá uno de los libros que más me ha impresionado en los últimos meses a pesar de (o quizás gracias a) su sencillez y estilo directo. En el libro se repasan de forma amena y divertida todos los tipos de nubes, desde los más bajos estratos de niebla hasta los lejanos cirros y nubes estratosféricas. El resultado es un apasionante texto de divulgación científico-cultural-artística, de los mejores que he leído últimamente. Con un tono coloquial sin llegar a ser vulgar y tierno sin caer en la ñoñería, el autor intercala apropiadas metáforas con referencias literarias, musicales y cinematográficas, detalladas explicaciones científicas y anécdotas históricas siempre pertinentes.

Es genial, por ejemplo, su forma de describir los cumulonimbos (las fieras y gigantescas nubes de tormenta, “los Darth Vader del ecosistema nuboso”) a través de la historia de William Rankin, piloto de la fuerza aérea norteamericana que tuvo que eyectar y saltar en paracaídas justo  al pasar sobre un cumulonimbo. Sobrevivir al frío intenso (50 grados bajo cero), las rachas de viento, lluvia y granizo, la falta de oxígeno, el ruido ensordecedor y los rayos constantes fue una auténtica hazaña; cuarenta minutos de zarandeo constante y quince mil metros de descenso que se le hicieron eternos.

También encontré especialmente fascinante el capítulo dedicado a las nubes artificiales: enormes torres de vapor de agua provocadas por las fábricas o ubicuas estelas de condensación de los aviones a gran altitud. Como fan de la conspiranoia estoy familiarizado con el miedo casi histérico a las chemtrails, supuestas estelas de productos químicos desconocidos con que los Amos del Mundo nos estarían fumigando… Y sin embargo, el peligro de las estelas de condensación de los aviones es más palpable, real e inesperado: según Pretor-Pinney, su abundancia está modificando las temperaturas atmosféricas y dificultando la formación de nubes de lluvia, colaborando en el efecto invernadero y la degradación del medio ambiente.

El autor transmite un sincero entusiasmo por aquello de lo que escribe, y ese es quizá el mejor piropo que se le puede hacer a un ensayista… Se nota que a Gavin le gusta de verdad quedarse embelesado mirando el cielo, y que ha disfrutado mucho documentándose e investigando sobre cirros, estratocúmulos y nimbostratos. A finales de 2004 Pretor-Pinney fundó la Cloud Appreciation Society, o Sociedad para la Apreciación de las Nubes: una asociación sin ánimo de lucro dedicada a la promoción del sano deporte de mirar las nubes, identificarlas, fotografiarlas y disfrutar de la belleza natural de la condensación de agua.

En realidad lo más destacable del libro es darse cuenta de cuánta belleza puede encontrarse en la danza a gran altura de millones de gotas de agua y cristales de hielo… Como dice el propio Pretor-Pinney: “Las nubes son el arte abstracto de la naturaleza. Son injustamente menospreciadas, poco valoradas, cuando constituyen la parte más poética de la naturaleza, uno de sus espectáculos más maravillosos. Son igualitarias: todo el mundo puede verlas. Cambian continuamente. Tienen personalidad: los cúmulos son alegres; los estratos, depresivos; los cumulonimbos, apasionados, enérgicos, peligrosos; los cirros, delicados, gentiles. Están llenas de interesantes contradicciones: tapan el sol pero a la vez rebosan de belleza con él cuando se pone, pueden resultar claustrofóbicas cuando son bajas e imagen de la libertad cuando cruzan el cielo en las alturas…”.

La guía del observador de nubes resultará interesante tanto a aquellos con mentalidad científica, que encontrarán por ejemplo un análisis de por qué sembrar las nubes con yoduro de plata puede provocar la lluvia, como a los interesados en la vertiente más cultural, artística, sociológica o incluso milocofriki (se describe cómo pueden usarse las nubes como arma meteorológica, por ejemplo creando tormentas que corten las líneas de abastecimiento enemigas). El repaso artístico va desde los cuadros paisajísticos de Jacob Van Ruisdael hasta las luminosas acuarelas nubladas de J.M.W. Turner o las nubes a vista de pájaro (o más bien de avión) de Georgia O’Keefe.

En el libro hay incluso un momento para la erotomanía  artística nubosa, cuando el autor comenta el cuadro de Antonio Allegri da Correggio en que Júpiter se metamorfosea en un gris, húmedo y esponjoso cúmulo para copular con la sacerdotisa Ío. Que yo sepa, es el único caso de cumulofilia del que tenemos constancia…

Me ha encantado que el libro hable ampliamente del enorme placer de dedicarse a hacer cloudspotting, que es la forma fina y sarcástica de decir “tener la cabeza en las nubes”. Idealmente, tumbado sobre la hierba en una mañana de verano, viendo pasar blancos y aborregados cúmulos sobre tu cabeza y jugando a asignarles formas y personalidades. O más a menudo, observando contemplativamente las nubes desde la ventanilla de un autobús o la ventana de la oficina… Dejándose llevar, en cualquier caso, por el dolce far niente y la hermosa sensación de relax y bienestar que le invade a cualquiera que dedique más de cinco minutos a contemplar el cielo.

Me entero de que Pretor-Pinney es co-fundador de la revista cultural The Idler, cuyo nombre podría traducirse más o menos como El Holgazán. Desde 1993 esta revista con un logo en forma de caracol defiende las virtudes creativas del ocio, la vagancia y la calma, emparentándose con los movimientos de slow food, el Elogio a la lentitud de Carl Honoré y filosofías vitales relajadas. En palabras del co-creador de la revista Tom Hodgkinson: “una característica del trabajo del holgazán es que se parece sospechosamente al juego, lo que hace sentirse incómodo al no-holgazán. Las víctimas de la ética del trabajo protestante querrían que todo trabajo fuera desagradable. Sienten que el trabajo es una maldición, que debemos sufrir en este mundo para ganarnos nuestro lugar en el siguiente. El holgazán, en cambio, no ve ninguna razón para no usar su cerebro para organizarse una vida en que su juego sea su trabajo, y tratar por lo tanto de crear su propio pequeño paraíso, aquí y ahora”. Veo por ahí que El holgazán bebe de “la contracultura antimaterialista de los noventa”, y al leer esa expresión aparece en mi cabeza, en un fogonazo, Jeff Bridges en El Gran Lebowski preparándose un ruso blanco en batín. La sombra de El Nota es alargada.

Mientras escribía esta reseña me preguntaba: ¿qué andará haciendo ahora este gurú de la belleza de las nubes? Pues pasarse al estudio de las olas. Acabo de encargar el libro The Wavewatchers’s Companion, un ensayo aparentemente escrito en el mismo tono didáctico y divertido que La Guía del Observador de Nubes pero centrado en todo tipo de ondulaciones: las ondas de música o de luz, las que llevan información  modulada (je, de estas acabé harto en mis años de telequito), las del interior de nuestros cuerpos y, por supuesto, las propias de la naturaleza: ondas sísmicas, olas marinas, corrientes de aire… Ya os contaré qué me parece esta montaña rusa divulgativa.

Y me despido con un pequeño vídeo, de menos de un minuto de duración, en que el estudio de diseño We Think Things presenta a Cummulus y Nimbus, dos personajes animados nubosos que sólo podrían describirse como “adorables”.


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