Himno al escroto

A este cuento le tengo mucho cariño… Lo escribí en 2005 y fue publicado un año más tarde en Caldo de Cultivo MGZ, acompañado de esta descojonante (nunca mejor dicho) ilustración de El Tomi. Desde entonces lo he representado a menudo como cuentacuentos en bares, bibliotecas y locales de mala nota. Bueno, y en el Nido, claro. Teniendo en cuenta cuál es la última frase de la historia, me ha parecido apropiado inaugurar este blog con él.


Siempre he sentido simpatía por el escroto.

Es el mismo tipo de afinidad que me acerca a todos aquellos que deben cumplir misiones poco agradecidas, difíciles y peligrosas, pobremente equipados y sin contar con la preparación necesaria. En efecto, Dios o la Madre Naturaleza tomó una decisión estratégicamente pobre al asignar al humilde escroto la delicada tarea de salvaguardar los órganos reproductores masculinos. Ufanos y engreídos, los testículos acaparan toda la atención y mérito, mientras la labor constante de protección desarrollada por el escroto pasa inadvertida o ignorada. Una prueba de ello es el abundante número de apelativos que reciben los primeros
(testículos, testes, huevos, bolas, pelotas, criadillas) frente a la única y cacofónica denominación del segundo: “escroto”, qué palabra tan fea, ni un solo nombre cariñoso o burlón sino el vacío más absoluto. Sin embargo, el papel del escroto es crucial: los testículos no pueden permanecer en el vientre, donde la temperatura sería demasiado elevada para la producción de esperma, ni pueden colgar sin más de la entrepierna, demasiado expuestos al roce y a los elementos. Y sin embargo, el escroto cuenta con pocos medios para realizar esa importante tarea: apenas un trozo de piel arrugada y unos cuantos pelos a modo de protección o camuflaje.

Casi nadie es consciente del gran número de escrotos que con sus imprescindibles y poco agradables tareas evitan que nuestra sociedad se hunda. Los limpiadores de alcantarillas a los que con la única ayuda de un cepillo y unos guantes enviamos a desatascar los estreñimientos de las tripas de la ciudad… Basureros, becarios mal pagados, periodistas sin sueldo, curritos víctimas de las ETT… Médicos y enfermeras de hospitales humildes, sobrecargados de enfermos y faltos de medicinas… Profesores quemados con clases sobrecargadas de alumnos… En tiempo de guerra, son escrotos los soldados rasos y cabos a los que se ordena defender una posición “hasta el último hombre”, aferrados a sus poco fiables fusiles, escasos de ánimo y de munición.

Yo mismo soy un “escroto”: feo y peludo, recio y desagradable, aparezco en las portadas de los periódicos detrás de la celebridad testicular que me ha tocado en suerte proteger como guardaespaldas. Siempre con las gafas de sol caladas, un auricular en el oído y un bulto en la chaqueta que espero parezca una pistola, me mantengo horas y horas de pie tras mi protegido de turno, ignorado y olvidado, ningún flash ilumina jamás mi cara. Y cuando mi tarea se me hace pesada, cuando mi protegido resulta ser inaguantable, un cantante cretino o una celebridad obtusa, cuando me harto de desplantes y siento la tentación de mandarle a la mierda, dejándole para que se defienda a sí mismo como buenamente pueda… Entonces respiro hondo y me rasco el escroto por encima de los pantalones, con un gesto que puede parecer indolente pero que está imbuido de un profundo respeto. El ‘ras, ras’ de mi rascada es un himno dirigido a mi santo protector, una plegaria a mi escroto y un saludo reverente a todos los escrotos del mundo. Sólo tras este acto de recogimiento religioso encuentro valor y ganas para seguir con mi labor.

Hay que joderse.

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