Triple X

Desde que abrí junto a Françoise el Nido del Escorpión tengo algo abandonada mi costumbre de vagar por bares, bibliotecas y teatros haciendo de cuentacuentos, porque la verdad es que ahora es más cómodo utilizar el propio Nido (la montaña que va a Mahoma y todo eso). Sin embargo, guardo muy buen recuerdo de alguna de las actuaciones, especialmente de ésta en la Marató de Contes de L’Hospitalet de 2005 (si no recuerdo mal). Disculpad por cierto la poca calidad de la foto, pero la escaneé de un periódico local… En esa edición, dedicada especialmente al género negro, expliqué para empezar el espectáculo el cuento que traigo a continuación: un delirio llamado Triple X. Espero que os guste…


 El imparable aumento de la generación de desperdicios en las principales ciudades del país hizo aconsejable la construcción de un enorme incinerador de basuras. El Gobierno trató de instalarlo en las afueras de una ciudad costera, basándose en informes económicos, científicos y en la vaga impresión de que allí, tal vez por el turismo, se generaba una cantidad de roña sensiblemente superior a la de otros lugares. Tras el anuncio, en la ciudad designada se formaron plataformas vecinales opuestas a la idea, que organizaron manifestaciones, marchas, ruidosas protestas y cortes de carreteras. Asustado por la virulenta reacción ciudadana, el Gobierno trató de cambiar la ubicación del incinerador a otra ciudad, pero comprobó que la reacción popular en contra de tener el vertedero en el “patio trasero” de sus casas era poco más o menos igual de intensa en todas partes, fueran cuales fueran las garantías de salubridad ofrecidas.

Tras meses de infructuosas negociaciones, y presionado por la urgencia de la infraestructura, el Gobierno decidió construirla en el único sitio en que la oposición vecinal sería débil o inexistente: en pleno desierto mesetario de arena y rastrojos. El enorme gasto en camiones de basura necesarios para llevar hasta allí las titánicas cantidades de mierda generadas en el resto del país se compensó con la rapidez y facilidad burocrática con que pudo construirse la incineradora.

Más o menos por aquellas fechas, se hizo evidente que la población reclusa estaba aumentando a un ritmo mucho más rápido que la capacidad de las cárceles, y el Gobierno decidió construir una nueva y bien equipada prisión, la más grande del país. Desgraciadamente, se encontraron con una oposición vecinal aún más violenta que antes, poco dispuesta a tener ladrones y asesinos a distancia de fuga de sus casas. Tras muchas deliberaciones, el Gobierno decidió construir la cárcel cerca de la enorme incineradora, inspirados quizá por una de las pancartas lucida por los airados vecinos en una manifestación: “Criminales = basura humana”. Todo eran ventajas: nadie pensaría en fugarse en medio del desierto y los reclusos podían quejarse del pestazo todo lo que quisieran sin que importase demasiado a nadie.

Los gobiernos, en general, no son especialmente inteligentes (suelen ser aún más idiotas que la suma de idiocias de sus ministros), pero poseen una cierta astucia animal que les hace reconocer una oportunidad cuando se planta ante sus ojos. Así, cuando varias ciudades empezaron a quejarse de la proliferación de yonquis en sus barrios marginales, el Gobierno cayó en la cuenta de que podía aplicar sus experiencias anteriores a la resolución de este problema. Anunció a bombo y platillo la apertura de narcosalas que proporcionarían a los drogadictos jeringuillas estériles, café, un lugar en que ducharse e incluso metadona para la desintoxicación. Y deseoso de ahorrarse los problemas con las asociaciones de vecinos de los barrios en que previsiblemente se edificarían las narcosalas, el Gobierno optó por centralizarlas cerca de la incineradora y la prisión, en el centro de aquel desierto cada vez más concurrido. Cada noche, grandes autobuses cargados de yonquis drogados hasta las cejas dejaban su carga ante las puertas de las instalaciones.

Los encargados de mantener el orden en la cárcel y las narcosalas detectaron que cada día aparecían más locos y desquiciados entre los reclusos y los toxicómanos (cada vez más difícil distinguir unos de otros en el follón que se estaba creando). Allí el Gobierno vio otra oportunidad, y anunció la apertura de un enorme manicomio que aliviaría la necesidad de nuevos centros de internamiento para enfermos mentales de todo el país. A partir de entonces, la población del desierto se enriqueció cada día con nuevos cargamentos de dementes, psicópatas, esquizoides y paranoicos.

Entre los locos y los toxicómanos, tal vez por el ambiente insalubre provocado por los humos de la incineradora, apareció un gran nivel de mortalidad que las autoridades no se molestaron en atajar, ya que les servía de rudimentario mecanismo de control de población. Sin embargo, se hizo imprescindible construir un enorme cementerio, en el que no sólo se enterraba a locos, presos y yonquis sino que empezó a recibir un flujo constante de muertos de todo el país, que ya se estaba acostumbrando a enviar al desierto todo aquello de lo que deseaba librarse. Se construyó también un hospital para enfermos terminales y una residencia para ancianos seniles, en donde los moribundos por salud o por edad pasaban sus últimos días sin causar excesivas molestias a las familias que vieron con alivio la aparición de un lugar que pudiera encargarse de ellos.

Tanto los trabajadores de los muchos edificios construidos como los presos de permiso o los enfermos que podían salir a la calle empezaron a exigir servicios que se daban por hechos en cualquier ciudad y que en el desierto brillaban por su ausencia. En respuesta a estas demandas, comenzaron a aparecer hospitales, burdeles, bares, restaurantes y casinos llenos de luces de neón.

Se establecieron inesperadas interacciones entre los habitantes de la ciudad (puesto que el enclave ya se podía considerar una ciudad, roñosa y absurda pero ciudad al fin y al cabo). Los toxicómanos más espabilados se hicieron de oro vendiendo heroína a los presos, cocaína a los trabajadores de la incineradora, morfina a los locos y píldoras suicidas a los desahuciados. Las instalaciones de la incineradora de basuras se reutilizaron como improvisado crematorio cuando los enterradores del cementerio no daban abasto. Uno de los locos con delirios de divinidad se escapó del manicomio y fundó su propia religión en las afueras, que tuvo más éxito del previsible y acabó abriendo pequeñas iglesias en cada barrio de la ciudad. Los chulos de las prostitutas se acabaron convirtiendo en improvisada fuerza policial y de mantenimiento del orden, y cada vez más las decisiones sobre la ciudad eran tomadas de forma más o menos asamblearia, más o menos intimidatoria por los residentes más poderosos. Se decidió bautizar a la ciudad formada de retales de lo que el resto del país deseaba desprenderse con un nombre sonoro: “Triple X”, familiarmente XXX o X3.

El Gobierno se dio cuenta de que el poder sobre la nueva ciudad se le estaba escapando de las manos cuando intentó instalar allí una central nuclear a la que se resistían el resto de ciudades. Los triplexanos se resistieron con todas sus fuerzas a la instalación de una central energética tan peligrosa en su ciudad. Aparecieron los equivalentes hardcore de las plataformas de oposición vecinal a las que estaba acostumbrado el Gobierno: desde equipos de saboteadores elegidos de entre los presos de permiso hasta camellos que amenazaron con cortar su suministro de cocaína a los ministros o redes de proxenetas que coquetearon con la idea de sacar a la luz pública un  vídeo en el que el presidente del Gobierno aparecía travestido de marinerita.

Triple X había adquirido una dinámica propia como ciudad. Sus habitantes, a pesar de ser conscientes de que vivían en poco más que un estercolero, habían terminado considerándolo un hogar y sintiéndose orgullosos de él. Una muestra de este naciente sentimiento quedó patente en la aparición de camisetas y adhesivos para el coche en que se leía: “Soy de Triple X, ¿pasa algo?”.

Dándose cuenta demasiado tarde de que se habían pasado de listos con el asunto de Triple X, el presidente del Gobierno abandonó el proyecto de construir allí una central nuclear, y en general abandonó (maldiciendo entre dientes) cualquier idea para seguir edificando allí más infraestructuras impopulares. Se imponía encontrar una nueva localización, libre de ciudadanos pelmazos, donde poder seguir edificando lo que todo el mundo se negaba a admitir que fuese imprescindible edificar en algún lugar.

Alguien sugirió emplear un islote casi deshabitado, cerca de la costa de Marruecos…


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