50 libros al año – Lecturas del 2012

Hace ya tiempo un amigo propuso el reto de comentar los libros leídos durante cada año, procurando que fueran al menos 50. Los lectores de este blog ya sabréis que me encanta leer y que soy profeta del reading is sexy, así que me enamoré inmediatamente de la propuesta…

Aquí traigo pues mis lecturas del 2012, junto a un pequeño comentario de cada una y una puntuación subjetivísima que va de cinco estrellas * * * * * (imprescindible) a * (horror). Veréis pocos * y * *, no porque no tenga espíritu crítico sino porque no suelo acabarme los libros que no me enganchan.

Clasifico las lecturas, por hacerlo de algún modo, en narrativa originalmente escrita en castellano, narrativa traducida, libros “de género” (fantasía, ci-fi, terror) por los que tengo especial cariño, y no ficción. Recomiendo encarecidamente que corráis a comprar los libros marcados con cinco estrellas…  En particular he tenido muy buena suerte este año con los ensayos. Para cualquier discrepancia indignada o adhesión calurosa, tenéis abiertos los comentarios.  


 NARRATIVA EN CASTELLANO

CoñosJuan Manuel de Prada: * * * * *  Salvaje y divertidísima barbaridad escrita por un jovencísimo De Prada que aún no se había convertido en un seminarista amargado. Breves historias coñiles y coñonas escritas con habilidad, sarcasmo y un muy interesante equilibrio pornográfico-literario.

Diosa - Juan Abreu (relectura): * * * * * Tercer o cuarto repaso a esta magnífica novela erótica sadomasoquista, mil veces mejor que la insulsa 50 sombras y derivados.  El primer artículo que escribí para Jot Down fue una breve reseña de esta maravilla.

Las muertas - Jorge Ibargüengoitia: * * * * Breve, cruel, irónico y extrañamente tierno relato de una serie crímenes provocados más por la estupidez y la mala suerte que por maldad. Basado en un hecho real, y como bien sentencia quien trajo esta novela al club del libro: “un A sangre fría latino”. Reseñé la novela hace unos meses en este mismo blog.

Los millones - Santiago Lorenzo: * * * * Como escuetamente resume la contraportada: “Marzo de 1986. A uno del GRAPO le tocan doscientos millones de pesetas en la Lotería Primitiva. No puede cobrar el premio porque no tiene DNI”. Retrato de los bares y tabernas del Madrid de los ochenta y del lumpenproletariado que pulula por ellos; novela divertida, tierna y nostálgica sin caer en la ñoñería o el revivalismo cutre… Para más detalles, me remito a esta excelente reseña escrita por Kiko Amat.

Un momento de descansoAntonio Orejudo: * * * Inclasificable novela que a base de dar bandazos por varias líneas argumentales acaba resultando fascinante e imprevisible. Lo mejor: las reflexiones sobre las Humanidades y su futuro (si lo hay). 

La pista de hieloRoberto Bolaño: * * * Uno de los pocos libros de Bolaño que me faltaban por leer (ahora el último es Una novelita lumpen, ay) y una delicia para todo bolañista que se precie. Relato de un crimen narrado a tres voces como ensayo general de Los detectives salvajes, referencias al trabajo como vigilante de camping y a un pueblo de la Costa Brava…

Los relámpagos de agosto - Jorge Ibargüengoitia: * * Humor negro en una historia de militares mexicanos del siglo pasado que matan y mueren de forma tan absurda como viven. Novelita no tan redonda como Las muertas, pero igualmente interesante sobre todo por el desparpajo de su narrador no confiable.


 NARRATIVA TRADUCIDA

El péndulo de Foucault - Umberto Eco (relectura): * * * * * A principios del año releí por enésima vez El Péndulo para escribir este artículo, mi favorito de los que he escrito hasta ahora en Jot Down. Poco puedo añadir respecto a lo dicho ahí, aparte de subrayar que la novela es una auténtica joya y que despertó muchas de mis pasiones actuales (Cábala, conspiranoia, búsqueda de el momento).

El animal moribundoPhillip Roth: * * * * *  La relación entre un profesor universitario y una alumna cuarenta años más joven (un argumento, ejem, recurrente en la narrativa de Roth) sirve de base para dibujar una visión inteligentísima y a la vez muy carnal y física del sexo. Además, la novela es  una fuente inacabable de párrafos citables: “No importa cuánto sepas, no importa cuánto pienses, no importa cuánto maquines, finjas y planees, no estás por encima del sexo. (…) El sexo es lo que desordena nuestras vidas normalmente ordenadas”.

Allá abajoJoris-Karl Huysmans: * * * * *  Reflexiones filosóficas, satanismo en la Francia del siglo XIX y una crónica alucinada de los asesinatos sangrientos de Gilles de Rais, en una novela tremenda que reseñé en este mismo blog.

PasosJerzy Kosinsky: * * * * Inclasificable colección de textos cortos que oscilan entre lo erótico (la mejor descripción de una felación que he leído jamás), lo desagradable y lo cruel, frecuentemente las tres cosas a un tiempo. Lo comenté un poco y colgué algún extracto en este mismo blog.

El libro idólatra - Bruno Schulz: * * * * Cuando escribí un artículo sobre pies para Jot Down mencioné este curiosísimo libro de grabados en que Schulz reflejó sus fantasmas eróticos personales: hombres deformados y goyescos adorando los delicados piececillos de altivas diosas distantes.  

Piercing - Ryu Murakami: * * * * Una muy recomendable fábula sangrienta y una deliciosa historia de amor fou psicopático… Una magnífica animalada del salvaje autor que tanta gente confunde con el más blandito Haruki MurakamiAquí reseñé esta bonita novela corta.

Cooper o las soledades elementalesPatrick Lapeyre * * * A un primer nivel es una novela sobre un enamoramiento incestuoso (hermano atraído por hermana), pero sobre todo es un muy buen libro sobre la incompletitud y la espera eterna. Descrito por algunos como un Houllebecq lírico.

Manual del contorsionistaCraig Clevenger * * * Un curioso thriller sobre un camaleón humano, y una reflexión sobre la identidad líquida y cambiante propia de nuestros tiempos. Primera novela del autor, y una historia que gustará a todos los que hemos fantaseado alguna vez con desaparecer del todo y volver a empezar.

Ocho escenas de TokioOsamu Dazai: * * * Ocho cuentos vagamente autobiográficos de uno de los escritores más atormentados de la historia, que intentó suicidarse solo o en compañía varias veces hasta que al final lo consiguió. Autodestrucción, bajos fondos, alcoholismo y personajes “indignos de ser humanos”, por usar su propia expresión. Autor recomendabilísimo que voy a seguir más de cerca.

Tres hombres en una barcaJerome K Jerome: * * * Un clásico del humor blanco inglés del siglo XIX, con momentos realmente hilarantes que no dependen del típico chiste coyuntural. Recomendable aunque yo sea más de humor negro negrísimo.

La oreja de Murdock  - Castle Freeman Jr. : * * * Un grupillo de marginados de la América profunda se enfrentan al matón del pueblo para defender a una forastera… Una historia muy “hermanos Coen” que termina demasiado pronto sin acabar de exprimir sus posibilidades, pero deja buen sabor de boca.

Diario de un aspirante a santo – Georges Duhamel: * * Insólita crónica de los esfuerzos de un pobre hombre por hacer algo con su vida: entre las múltiples posibilidades, elige aspirar al modo de vida ascético y entregado propio de las historias de santos. No llegué a conectar con el protagonista, pero sus tumbos y desgracias vitales en pos de la santidad resultan muy entretenidas.

La cenaHerman Koch * * Una premisa interesante basada en un hecho real (la quema de una indigente realizada por adolescentes de clase media-alta) y desarrollada con mucha inteligencia hasta más o menos la mitad del libro, momento en que una trampa narrativa barata se carga la verosimilitud de la novela y gran parte de su interés. Aquí comenté la jugada

La casa de los encuentros  - Martin Amis: * * Interesante aunque irregular incursión de Amis en el horror genuinamente ruso de los gulag… Triángulos amorosos, misantropía y supervivencia.

El vuelo de IcaroRaymond Queneau *  Me suelen gustar mucho las paranoias oulipianas, pero a esta obra teatral de Queneau no he llegado a cogerle el punto, aunque juegue con alguno de mis temas más queridos como los saltos entre ficción y realidad. Igual le doy otra oportunidad más adelante.


  FANTASÍA, CI-FI, TERROR

Bill, héroe galácticoHarry Harrison: * * * * * Me he reído a carcajada limpia con algún párrafo de esta novela intensa y brevísima, escrita en un estilo muy pratchettiano con abundante mala leche (he leído por ahí que Pratchett es admirador de Harrison, y se nota). Parodia implacable de Heinlein, Asimov y unos cuantos más, y un retrato del caos y el absurdo del ejército más preciso que muchos ensayos.  

Danza de dragones George R. R. Martin (relectura): * * * * Tras leer un artículo que publiqué en Jot Down sobre Juego de Tronos, los de la editorial Gigamesh me hicieron llegar muy amablemente Danza de Dragones traducida al castellano. Ya devoré la versión inglesa el año pasado, pero me ha apetecido releerla en castellano para refrescar la historia y evaluar la traducción de Cristina Macía (magnífica excepto por un par de objeciones menores). Ya escribiré una reseña completa cuando se acerque el estreno de la tercera temporada de la serie…

Leyes de mercadoRichard Morgan: * * * * Intrigante novela distópica sobre una sociedad sin ley en que los ricos ejecutivos (zektivs) son un cruce de samurais, estrellas de cine y tiburones sin escrúpulos que resuelven las disputas comerciales a tiro limpio en la caretera. A medias fábula social darwinista, a medias manifiesto ético, es lectura imprescindible para todo el que se pregunte sobre la moralidad de la cultura empresarial.

AceroTodd Grimson: * * * Historia vampírica noir a la vieja usanza: dura, seca, con un romanticismo áspero y criminal. Magnífico hallazgo de Valdemar-EsPop que recomiendo encarecidamente en esta triste época nuestra de vampiros moñas.

Snow crashNeal Stephenson: * * * No le había hincado el diente aún a esta curiosa novela ciberpunk, divertida y llena de buenas ideas. La historia se mueve en un terreno extraño entre el humor paródico (repartidores de pizza de la Mafia), el technothriller y el ciberpunk más filosófico (la intrigante reinterpretación computacional de la Torre de Babel). El resultado es bueno, aunque de Stephenson sigo prefiriendo La era del diamante.

El jinete de la onda del shockJohn Brunner: * * * En un futuro tan cercano que parece más bien presente, es casi imposible escapar del control gubernamental de las redes de información… Una novela “de ideas” precursora de alguno de los sobresaltos que vivimos en estos años de crisis, y con un final que si bien resulta apresurado y no muy creíble, deja caer varios bombazos que encantarán a cualquier simpatizante del 15-M y movimientos reformistas similares.

El evangelio de Drácula - Alfonso Sastre: * * * Intenso, cruel y precioso poema narrativo en alejandrinos sobre la historia del Drácula original, con unos toques a lo Gilles de Rais. Como nota curiosa (o no tanto): fue escrito desde la cárcel.

MirageMatt Ruff: * * En un mundo alternativo en que los Estados Árabes Unidos son una superpotencia y América apenas un conjunto de países tercermundistas, dos aviones se estrellan contra las Torres Gemelas de Bagdad…  Una ucronía extraña y juguetona, llena de giros y sorpresas. En la parte mala: un final cobarde que desaprovecha una premisa fantástica y le quita fuerza al conjunto.

Pasos sobre cristalIain Banks: *  Una de las decepciones del año, aunque acabé de leerlo por si acaso remontaba hacia el final. No lo hace. Lástima porque la historia era prometedora: una unión de tres tramas intercaladas, una realista, otra esquizofrénica y una tercera fantástico-simbólica.


 NO FICCIÓN

Vulva - Mithu R. Sanyal: * * * * * La fuente primaria de la que bebí (nunca mejor dicho) para escribir mi artículo sobre vulvas en Jot Down. Sólo añadiré que es un ensayo delicioso, apasionante y bien documentado que esparce, como miguitas de pan, centenares de nombres y referencias que ir investigando más a fondo.

Just KidsPatti Smith: * * * * *  El libro que más me ha impactado de los leídos este año, hasta el punto de hacerme saltar la lagrimilla hacia el final… Una visión humilde y sincera de los años de juventud de Patti Smith y Robert Mapplethorpe en Nueva York, cuando no tenían ni un duro y sobrevivían como la más improbable pareja de la historia.

pOp cOntrOlMiguel Ibáñez: * * * * * Un análisis divertidísimo, algo absurdo y en cualquier caso apasionante de las averías y cortocircuitos de nuestro mundo post-industrial; de los serial killers a la conspiranoia, pasando por los clubes de lucha. Escrito a finales de los noventa, mataría por ver una actualización post-11-S y post-boom de las redes sociales…

Teoría King KongVirginie Despentes: * * * * * Manifiesto absorbente, enérgico y muy bien escrito que encara de frente temas incómodos para el feminismo tradicional: pornografía, prostitución y violación. Una visión única y rompedora sobre la que espero escribir pronto un artículo extenso.

Bello como una prisión en llamasJulius van Daal: * * * * * Crónica de la muy poco conocida primera revolución proletaria de la era industrial, décadas antes de la Revolución Francesa… Disturbios londinenses que empezaron como una protesta contra el papismo y derivaron rápidamente en otra cosa mucho más interesante. Edición ilustrada y muy cuidadosa de la editorial Pepitas de Calabaza.

Los trapos sucios - Varios: * * * * * Los Mötley Crüe vistos por sí mismos y por alguno de los que se cruzaron en su camino: orgías regadas con heroína, muertes, vídeos sexuales, habitaciones de hotel quemadas, sobredosis, mentiras, gritos, miseria humana y la aparición estelar de Ozzy Osbourne esnifando una fila de hormigas. Lectura absolutamente imprescindible, independientemente de que la música de los Mötley me repela.   

Guía del observador de nubesGavin Pretor-Pinney: * * * * Divulgación científico-artística entretenida, interesante y tierna que ha provocado que encuentre aburridos los cielos despejados. Por fin sé distinguir un cúmulonimbo de un cirroestrato gracias a este libro ilustrado con fotos de gran belleza, como expliqué en esta reseña.

 Barcelona rebeldeGuillem Martínez: * * * *  Crónica de los levantamientos, revoluciones, rebeldías y desobediencias urbanas surgidas en Barcelona desde tiempos antiguos. Divertidísima, bien documentada y magníficamente escrita, pero con un inevitable punto deprimente… Y es que cada revolución tiene su correspondiente aplastamiento.

Nick Cave, confesiones de un santo pecadorVarios: * * * * Fantástico recopilatorio de las mejores entrevistas que se le han hecho hasta ahora a mi crooner favorito. Momentos tan WTF como un joven Cave puestísimo de heroína tratando de arrancar los ojos al entrevistador, frente a la actual tranquilidad zen del compositor que trabaja de 9 a 5 escribiendo delicada poesía.

Arte poética: seis conferenciasJorge Luis Borges: * * * * Uno de mis propósitos para el 2013 es leer más poesía, ya que la no ficción y la narrativa no me dejan últimamente demasiado hueco para la lírica. En cualquier caso, la poesía de Borges, cerebral y emotiva a un tiempo, ha sido siempre de mis favoritas, y estas conferencias permiten echar un vistazo a su delicado proceso creativo.

Vacas, cerdos, guerras y brujasMarvin Harris: * * * * Una explicación no sé si correcta pero sí al menos completamente plausible a cortocircuitos culturales como la reverencia por las vacas en India, la porcofobia islámica o la aparición cíclica de mesías en climas desérticos. Materialismo cultural en vena.

 Bolaño salvajeVarios: * * * Artículos y ensayos muy variados (y forzosamente irregulares) en torno de la obra y figura de mi escritor preferido. De aquí saqué mucha información para mi artículo bolañés en Jot Down… El libro incluye un DVD con el documental Bolaño cercano, de Erik Haasnoot, que permite entre otras cosas un infrecuente acercamiento a la familia de Bolaño: su viuda y sus hijos.

Odio BarcelonaVarios: * * * La editorial Melusina publicó una serie de artículos con un punto en común: un cierto malestar político, social o visceral con la actual situación de Barcelona. Escritores interesantísimos se desfogan sin cortarse un pelo: Javier Calvo, Hernán Migoya, Carol Paris, Lucía Lijtmaer

SexografíasGabriela Wiener: * * * Recopilatorio de artículos breves sobre asuntos sexuales, escritos por la autora en un muy agradecido modo gonzo: si hay que hablar de sado se sube al escenario con una Dómina, si toca hablar de Nacho Vidal se encierra con él en una habitación de hotel, para escribir sobre tatuajes carcelarios se mete en una prisión de alta seguridad…

Con los perdedores del mejor de los mundosGünter Wallraff: * * * Varios ensayos del periodista gonzo más famoso de Alemania, especialista en infiltrarse donde no le llaman para destapar verdades incómodas. Su paso como negro por el país es el único artículo un tanto obvio, pero los reportajes que dedica a los vagabundos en paro, a los obreros de una panificadora o a las batallas entre Comités de Empresa y abogados sin escrúpulos son de lectura imprescindible.

El beso – Kathryn Harrison: * * *  Desasosegante y honesta crónica de un incesto padre-hija, un marciano triángulo amoroso, una relación que ya hubiera sido absorbente y tóxica sin haber sido familia los protagonistas. Lo incluyo en no ficción porque, a pesar de estar escrito con el pulso narrativo y el estilo de una novela moderna, es un libro de memorias con el que la autora logró reconciliarse con su pasado.

Striptease, the untold story of the girlie show – Rachel Shteir: * * * El mejor de los libros que utilicé para documentarme mientras escribía el artículo sobre striptease del especial aniversario de Jot Down. Un trabajo académico y profusamente documentado, pero escrito con agilidad y una muy agradecida ironía.

Para Roberto BolañoJorge Herralde: * * * Artículos, conferencias, ensayos y el panegírico que Herralde (fundador y director de Anagrama) dedicó a su amigo Bolaño. Un necesario viaje editorial por la vida de mi escritor favorito.

No leer - Alejandro Zambra: * * * Interesantes ensayos breves sobre literatura, agrupados bajo un título que hace referencia a la liberación que representa pasar de leer libros “por encargo” (es decir, como crítico literario) a hacerlo por puro y simple placer. Variadísimo: de la poesía bolañiana a la literatura escrita por hijos de escritores, de Ribeyro a Cortázar, de Borges a Cheever…

The wavewatcher’s companionGavin Pretor-Pinney: * * * Del mismo autor que la Guía del observador de nubes, que esta vez se dedica a analizar el mundo de las ondas de cualquier tipo: electromagnéticas, marinas, sísmicas, luminosas, sonoras. Quien mucho abarca poco aprieta, así que el resultado es menos compacto y ordenado que el libro nuboso… Aunque sigue siendo interesantísimo y de lectura muy amena.

 


Y ahora, a ver qué nos depara el 2013 lector…

Hay que joderse (II) – Greensleeves

Escribí este otro cuentecillo postadolescente en 1998, con veinte añitos. Tiene una similitud con Veinticinco: un año despuésde que lo escribiera, se estrenó una película de mucho éxito con una premisa hasta cierto punto similar. Llegué a pensar que un guionista de Hollywood me había hackeado el cerebro… En cualquier caso, espero que os guste este pequeño relato paranoico de juventud con un final que a día de hoy no estoy seguro de si es cruel o ñoño.


GREENSLEEVES

“A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto
toda nuestra vida se concentra en un solo instante” Oscar Wilde

El dolor repentino en el pecho le hace soltar la cartera, los documentos se esparcen por la calzada y su último pensamiento consciente es que tiene que recuperar los papeles del divorcio antes de que el viento se los lleve. Segundos más tarde, el corazón se detiene. Al cabo de unas horas, la actividad eléctrica en el cerebro se interrumpe.

Sueño una pesadilla de muchas caras en sol negro de luna frente al mar de dulces toneladas. Asociación libre de Huelva sin impuestos de calado internacional con árboles frutales de poco renombre. Escritores perdidos de droga hasta el cuello viven salvajes sin preocupaciones, ya que se dedican a lo que les dicen que no hagan. Hacer o deshacer, ese es Hamlet de Polonia. Dinamarca es la tierra del olvido, Orfeo canta sin saber por qué llena de basura las páginas del metro. Pocos pájaros cantores de Viena son niños despiadados de San Ildefonso de barba cana y ceño fruncido. SIGUIENTE.

Pienso, luego existo. En algún lugar existen pensamientos, deshilvanados y confusos, que de repente cristalizan en una unidad, una palabra, un concepto. Un nombre propio, nada más que eso: Víctor. Oscuridad absoluta, o más bien ausencia total de imagen. Silencio. Vacío. Una escena aparece, no vista sino recordada a medias: papeles volando. Le sigue un torrente de recuerdos, vagos, difusos: una identidad que los une y les da sentido. Yo soy Víctor, y pensar esas tres palabras representa un triunfo, un placer intenso pero apenas identificado como tal. Yo soy… Víctor. Piensa en una cara, le asocia un cuerpo, una voz, un pensamiento. Soy yo. Recuperada la identidad, aparece el pánico. Un impulso irrefrenable: abrir los ojos, moverse, salir corriendo. Pero algo ocurre: el concepto mismo de movimiento ha dejado de tener sentido. Víctor no tiene sensaciones físicas: las órdenes desesperadas que pretenden mover un cuerpo quedan sin respuesta. Sólo existe el vacío. Y el pensamiento. Y el pánico. ¿Dónde est

Imagen clara, dolorosamente nítida. Silencio sepulcral. Un cilindro escupe un proyectil de metal líquido, mercurial. Con el disparo suena un gemido, un zumbido que parece llenar el mundo. La imagen sigue el recorrido del proyectil: atraviesa miles de kilómetros de llanura yerma, piedras y cielo gris. La trayectoria desciende, el suelo se aproxima, el metal se deforma y aúlla. Y todo se congela, el movimiento es corregido 52.8302z 1.05002º elevación 12 oeste. SIGUIENTE.

De nuevo el vacío, la conciencia, el pensamiento. ¿Qué está pasando? La mente se aclara, los recuerdos se amontonan. Víctor sigue sin poder moverse. No respira. Ningún corazón late. No hay tacto, ni frío, ni calor, no hay sensaciones. El terror vuelve al ataque, un grito silencioso e inacabable ocupa toda su conciencia… Hasta que sin ningún motivo aparente la calma es súbitamente absoluta, el placer repentino e intenso, la ausencia de preocupaciones indiscutible. El horror ha sido borrado. El tiempo transcurre: un mes, un día, un segundo. Aburrimiento.

 Música, notas discordantes en una variedad inconcebible de tonalidades, volúmenes, timbres. Voces humanas se unen en coros dodecafónicos, instrumentos inidentificables alternan sus melodías. El caos es absoluto, se debe seleccionar/dividir, menos volumen para la voz de tenor, el télemo debe sincronizarse con la marila, trece ritmos tres por cuatro combinarían a la perfección con el coro de gritos tangenciales. SIGUIENTE.

Un año, un mes, un siglo en el vacío. Un tiempo imposible de medir o comprender. La locura siempre al acecho, agazapada tras una confusión algodonosa.

Y de golpe Víctor es consciente de un intenso dolor en los brazos (¿brazos? Tengo brazos, sí Dios, Dios, gracias, tengo brazos!). Abre los ojos y sólo ve claridad, bendita luz tras eones de vacío e imágenes fragmentadas. Agita brazos y piernas descontroladamente, como un recién nacido, abre la boca y borbotea, golpea con la cabeza contra el suelo. Es un alivio tan grande poder moverse de nuevo que la alegría no le deja pensar con claridad. El dolor de los brazos está causado por decenas de agujas clavadas bajo la piel. Intenta arrancárselas sin éxito: los calambrazos de dolor le recuerdan que está vivo, que tiene cuerpo, y el pensamiento le regocija una vez más.

- Shhh, quieto. Acabarás por hacerte daño.

Oye una voz humana, femenina, dulce, tan musical como una campana de plata. Deja de debatirse. Sonríe, recreándose al hacerlo en la sensación de estiramiento de los músculos de su cara. Es increíble haber recuperado el tacto, la sensación de tener un cuerpo y poder sentirlo.

- Así está mejor. Fija tu mirada en mí. Deberías empezar a ver en pocos segundos, cuando el cortical se haya ajustado a tus esquemas perceptivos.

Víctor no comprende del todo, pero hace lo que se le ha pedido. La blanquísima claridad empieza a oscurecerse lentamente. No hay detalles, sólo formas y siluetas. Ve las paredes grises de una pequeña habitación. Ve una figura humana perfilándose delante suyo.

- Las agujas de tus brazos te están proporcionando lo que necesitas para sobrevivir en este ambiente. Es demasiado radiactivo para tu fisiología… Por no hablar del aire que te resultaría irrespirable, o del flujo psi que desprende mi cuerpo. Incluso con estas precauciones, el cuerpo temporal que te hemos proporcionado se disolverá en unos minutos, así que aprovechemos bien el tiempo.

Víctor nota un elemento externo, un cuerpo extraño en su cabeza. Palpa un pequeño aparato caliente y metálico clavado en su frente. Late y palpita de un modo extraño, casi orgánico.

- No toques demasiado el cortical. Se encarga de traducir los estímulos externos a señales compatibles con tus esquemas neurológicos: visuales, auditivos, táctiles… No estás realmente en una habitación sólida, ni yo tengo el aspecto con el que me visualizas. Sólo tu cuerpo es tal como lo ves: lo hemos generado según tus patrones de memoria.

La visión de Víctor sigue aclarándose, y puede ver por primera vez las facciones de la mujer que le está hablando. Es vagamente parecida a Marta, su ex-mujer, pero hay algo extraño en su cara, quizás la simetría demasiado perfecta o los ojos gélidos e inexpresivos. Viste un traje negro y elegante, que a Víctor le resulta familiar hasta que se da cuenta de que es parecido al favorito de su madre.

- Puedes decir lo que quieras, tengo mis propios métodos de hablar y entender tu idioma: basta con enviar gravíticas hacia el cortical.

La voz de Víctor es aguda, vacilante, y suena extraña a sus propios oídos.

- ¿Quién eres…? ¿Qué está…? Las imágenes… Vacío…

La mujer enarca las cejas y esboza una media sonrisa algo desconcertante, quizás porque sus ojos siguen tan fríos como antes. Con la mirada fija en el vacío, parece estar buscando algo apropiado que decir. Víctor permanece inmóvil, expectante, desconcertado.

- Sería absurdo que me pusiera nombre. Digamos que soy una representante del poder, una… Política. Me pregunto cómo habrá traducido el cortical esta palabra, no estoy segura de los mecanismos de poder que empleabais cuando estabas vivo.

- ¿Estaba? – Víctor apenas tiene fuerzas para decir esto, aterrorizado. Tiene la extraña sensación de que si dice algo fuera de lugar volverá al vacío, a la nada plagada de imágenes y sensaciones inconexas.

- Moriste en el hospital, tras una horrible agonía, por culpa de un infarto que te sobrevino a la salida del Juzgado. Tu ex-mujer Marta decidió criogenizar tu cuerpo en la única empresa española que se dedicaba a ese negocio en tu época. El proceso fue algo torpe: arrancaron el cerebro y la médula espinal de tu cadáver aún caliente y lo sumergieron en nitrógeno líquido, a -196 grados. Esta temperatura debería garantizar la preservación ad eternum de tus estructuras celulares, que quedarían sin embargo dañadas por el proceso de congelación.

Marta me hizo esto… Marta. No puede ser.  Estuve muerto… ¿Cuánto…?

- ¿Cuánto…? Tiempo… ¿Qué año…?

La mujer ríe en voz baja, divertida.

- Oh, mucho tiempo, créeme. Más años de los que podrías concebir. Digamos que estás en el centésimo año del sexto cómputo, lo que no querrá decir demasiado para ti. Siento no poder ser más precisa, pero ni siquiera yo estoy muy segura de cuántos años estuviste congelado. Lo que sí puedo hacer es explicarte una cosa… Algo que ocurrió hace ya un par de cómputos.

Deja de hablar por unos instantes, una pausa teatral durante la que observa fijamente al casi inmóvil Víctor.

- Un rebaño de sectarios ilianitas descubrió casualmente el depósito de cerebros congelados de tu pequeña empresa de criogenia, en quiebra y desaparecida desde hacía eones. Cuando los ilianitas trajeron su descubrimiento al Ágora se abrió un tenso debate sobre qué hacer con vosotros: ¿debíamos despertaros, clonar nuevos cuerpos y reparar el daño celular? ¿O destruir definitivamente vuestras agotadas carcasas? El proceso de resurrección resultaba demasiado costoso para nuestros recursos, así que la finalmente se decidió descongelar solamente algunos cerebros, unos veinte o treinta elegidos al azar, que serían destinados a estudios antropológicos, museos, centros médicos y un par para consumo general, por ejemplo como matriz de personalidad de un servo-mecanoide o una mascota. Y el resto de cerebros, entre ellos el tuyo…

Se detiene de nuevo y resopla, aparentemente sin saber cómo continuar. Víctor la observa alucinado, incapaz de asimilar las implicaciones de sus palabras.

- Digamos que fueron descongelados y reparados, pero no se les construyó ningún cuerpo a medida. En cambio, se mantuvieron plenamente funcionales en una solución conservante, listos para ser utilizados como bloques de memoria/proceso en el ordenador de cálculo secundario del Ágora. Un cerebro humano, aunque sea primitivo como el tuyo, contiene millones de senderos sinápticos que pueden ser empleados para una gran variedad de propósitos. El tuyo ha ayudado en cálculos de artillería ilianita, decodificación cuántica, simulaciones fractales… Habrás percibido los inputs como frases o imágenes que estallaban en tu cerebro, asaltado por conceptos exóticos que interpretaba de la mejor manera que podía. Aunque lo más probable es que te mantuvieras la mayor parte del tiempo semiconsciente, tranquilizado gracias a los estímulos corticales que te eran suministrados cuando tu pánico alcanzaba un límite a partir del cual no hubieras servido de gran cosa.

Víctor no comprende todo lo que se le ha dicho, aún está dolorido y mareado. Pero el sentido de lo que explica la mujer se va abriendo paso en su abotargado cerebro, y junto a la comprensión aparece una rabia creciente y avasalladora.

- ¿Quieres decir que…? ¿Me habéis mantenido consciente para… Para usarme durante todo este tiempo? Como una… ¿Una pieza de vuestras máquinas?

- Sí, es exactamente lo que quiero decir. No es un concepto tan extraño. Por lo que me han dicho los antropólogos, ya en tu época se exploraban los biocircuitos como una posibilidad de comp…

Haciendo caso omiso de las punzadas de dolor que le atraviesan los brazos, Víctor se abalanza rabioso sobre la mujer. Sigue sin pensar con claridad, pero la idea de que todos los años de semiconsciencia, aburrimiento y desconcierto que ha sufrido hayan sido provocados le enfurece hasta hacerle perder la razón. La mujer no se inmuta cuando las manos rodean su cuello. Víctor siente el cartílago cediendo bajo su presión, siente…

Un desierto eterno de arenas plateadas, un cielo negro y cuajado de estrellas atravesado por relampagueantes columnas de luz, un edificio negro y reluciente de arquitectura imposible, retorcida, que se alza a más altura de lo que pueda imaginarse. Las arenas hierven de criaturas innombradas, el edificio en sí está vivo, palpita con la respiración sibilante de cientos de inteligencias, arcos y cúpulas y arbotantes y cornisas aparecen y desaparecen con cada estertor. Y lo que aprieto bajo mis manos es una… un… una figura indescriptible, humana pero mucho más que eso, una sombra, una mole de carne, sangre y huesos que desprende un olor acre, casi insoportable. Dos ojos fijos en mí, dos agujeros vacíos que me atraviesan y retuercen algo en mi interior, un dolor repentino y un aullido horrendo, interminable, que tras un esfuerzo reconozco como procedente de mi propia garganta…

Y de repente, el vacío, la nada desprovista de imágenes y sensaciones a la que Víctor se ha enfrentado durante más tiempo del que puede concebir. Y antes de que tenga tiempo de aterrorizarse, la voz femenina resuena en su interior:

- Agredirme ha sido estúpido e innecesario. Ha bastado desconectar tu cortical y permitirte ver la gloria del Ágora tal cual es, sin filtros ni protecciones. Con un pensamiento podemos destruir soles o desarticular el tiempo, es absurdo que nos ataques. He intentado ser amable para contentar a los ilianitas, pero todo tiene un límite. ¿Estás ahora dispuesto a escuchar lo que tengo que decir?

 Víctor trata de hablar, de asentir, pero es un esfuerzo inútil. La voz prosigue, implacable:

- ¡No me dejaste explicarte por qué te hemos despertado del todo! Ha cambiado el equilibrio de poder entre los sectarios ilianitas. La nueva agrupación tiene conceptos extraños sobre ética y moral, y consideran… injusta… la situación de los cerebros empleados en nuestra maquinaria. Han presionado para que se hiciera algo al respecto, y finalmente el Ágora les ha escuchado. Sin embargo, sois demasiado valiosos para dejar simplemente de emplearos, así que esa solución ni siquiera se consideró. Finalmente llegamos a un acuerdo: seguiremos utilizando vuestros cerebros, pero no seréis conscientes de ello. Vuestros recuerdos serán borrados casi por completo, dejando más espacio para la incorporación de nuevas funciones. Antes del borrado, cada uno de vosotros podrá elegir un espacio de quince minutos de vuestra vida. Esos quince minutos se respetarán, y se emplearán como base para introducir un bucle repetitivo en vuestros circuitos sensoriales. Es decir, reviviréis una y otra vez esos quince minutos con todo detalle, todo lo que pensasteis y sentisteis, sin ser conscientes de las eternas repeticiones ni del hecho de que mientras tanto se os usará para nuestros procesos. Se te ha concedido el honor de ser el primero en elegir dónde y cuándo querrás pasar la eternidad. Tienes quince segundos para elegir, a partir de este mismo instante.

 Víctor pierde cinco segundos en procesar la parrafada, y cinco segundos más en horrorizarse. Sus últimos cinco segundos los dedica a buscar entre sus recuerdos algo digno de ser preservado, algo que merezca la pena revivir de su gris y miserable vida.

Decide.

Me apoyo en el marco de la puerta, observándola sin que se dé cuenta. Está afinando la guitarra con cierta reverencia y los ojos entrecerrados, bostezando de tanto en tanto. No estoy muy seguro de por qué la miro sin decir nada. Supongo que quiero capturarla en un momento de intimidad, sin que mi presencia cambie su comportamiento natural. Empieza a tocar, muy lentamente. Al principio sólo notas sueltas, después acordes.

Reconozco inmediatamente la melodía: Greensleeves.

 Siempre me ha gustado la canción: dulce, amable, algo melancólica. Muy hermosa. La asocio en mi cabeza a la época medieval, a la fantasía, al amor cortés. En cierta manera la canción parece apropiada para Marta, se adapta como un guante a ese aire entre alegre y melancólico que siempre me ha atraído de ella. Mientras toca, cierra los ojos y sonríe. Siempre me ha dicho que tocar música la hace feliz, pero nunca lo había entendido del todo hasta este momento. Permanezco en la puerta, simplemente escuchándola, y me doy cuenta poco a poco de que amo a esta mujer total y completamente. Tengo la sensación de que por fin entiendo y asumo un sentimiento que me ha bailado por la cabeza durante meses. Sé, con toda la certeza del mundo, que esta mujer que toca la guitarra con expresión abstraída será la única mujer de mi vida, que nada nos separará jamás.

 Sé que pasaré la eternidad con ella.

Y sonrío.

SIGUIENTE.

 

 

Hay que joderse (I) – Veinticinco

Ayer encontré en formato electrónico Hay que joderse, un recopilatorio de los cuentos que escribí hace catorce o quince años. La mayoría son desesperadamente postadolescentes y más malos que la carne de pescuezo, pero hay un par que me siguen haciendo gracia hoy en día, así que me apetece compartirlos con vosotros. Por ejemplo, Veinticinco, escrito la mañana de mi vigésimo cumpleaños… Lo que, si sacáis cuentas, fue dos años antes  del estreno de cierto peliculón que os resultará familiar a la que leáis la historia.

En cualquier caso, espero que perdonéis las imperfecciones narrativas de escritor jovenzuelo… 


 

Veinticinco

 1533.  7:15 A.M.

            Me despierta un pitido agudo y estridente. Piiiippiiiipiiiip… Supongo confusamente que debe ser un despertador, aunque no recuerdo haber utilizado nunca. Así que sin abrir los ojos manoteo a mi alrededor buscando un botón, una palanca, algo que haga callar al cabronazo. Paf. Parece que lo he tirado. Al menos el pitido se para, tan bruscamente como había empezado… “Joder” –pienso- “Vaya manera de despertarme”. Empiezo el ritual mañanero: desperezamiento a la una, bostezo a las dos, apertura de ojos a las tres…

            No estoy en mi habitación. ¿Dónde coño…? Esta no es mi cama, esta no es mi mesilla de noche, esta no es… Incorporándome, miro hacia la izquierda, despacio. Veo a una mujer. ¿Quién…? Está durmiendo sobre las sábanas, medio desnuda y en posición fetal. Me da la espalda. Oigo su respiración profunda y regular. Me doy cuenta de que estamos en una cama doble. “Joder”. Procuro moverme haciendo el menor ruido posible. Sentado en la cama, trato de recordar qué hice ayer por la noche. “Joderjoder”. Veamos. Ayer era mi cumpleaños, cuatro de diciembre. Lo celebré con unos amigos por la tarde, con otros por la noche… Y volví a mi piso solo, algo borracho, puede, pero decididamente solo. Recuerdo haber entrado en mi piso, encendido las luces, caminado torpemente hacia la cama… Estoy seguro de haberme deseado mentalmente “Felices veinticinco, cabronazo” después de caer grogui en mi cama. Pero ya no estoy ahí. Y me doy cuenta de que no tengo resaca. ¿Por qué no tengo resaca?

            ¿Quién debe ser esta mujer? ¿Me he acostado con ella borracho y no me acuerdo? Nunca he hecho nada parecido. ¿Será Marta? Tiene el pelo negro y largo, igual que ella. Quizás se ha arrepentido de haberme dejado y ha decidido darme una sorpresa por mi cumpleaños… O puede que esto sea una broma de mis amigos. Rubén y Dani siempre han sido un poco animales, por lo que sé podrían haberme metido en un burdel… Aunque esto no parece un burdel. Miro a mi alrededor, tratando de que algún detalle me resulte familiar… No. Veo pocos muebles: una mesa grande llena de papeles, dos mesillas de noche, una lámpara de buen tamaño en el techo. La luz de la mañana entra por una ventana grande, sin cortinas. Echo un vistazo a la mesilla más cercana. Un periódico doblado. Un vaso de cristal vacío. Un libro escrito a mano que no reconozco, parece una especie de diario o algo así… Está abierto en una de las primeras páginas. Echo un vistazo, sin leerlo… Ey, ¡parece mi letra! Pero yo no recuerdo haber escrito esto. Líneas y líneas de apretada escritura encabezadas por una frase estampada en tinta roja:

¡VICTOR! LEE ESTO NADA MÁS DESPERTARTE.

            Pensativamente me rasco la barbilla… ¡Ey, un momento! ¿Desde cuándo tengo barba? Me pongo de pie bruscamente, asustado. ¡Joder, nunca me he dejado barba! Y sin embargo ahí está, espesa y aparentemente bien cuidada. Le pego un fuerte tirón: no cede. Es auténtica. Sigilosamente busco un espejo por la habitación. Hay un espejito de mano encima de la mesa grande, entre los papeles. Casi temiendo lo que voy a ver, lo cojo… Y me miro. Sí, soy yo. La cara es la misma. Pero parezco mayor, quizás por esa barba que nunca había estado ahí. Sobre la ceja derecha… ¿Qué es eso? ¿Una cicatriz? Muy pequeña, casi invisible… Tampoco estaba ahí ayer por la noche. Ayer. Ayer… Vuelvo a sentarme en mi lado de la cama y cojo el periódico de la mesilla. La fecha, mira la fecha… Antes de que pueda verla oigo un ruido a mis espaldas. Es ella, la mujer desnuda. Rebulle en sueños, está casi despierta. Murmura algo… Y se da la vuelta hacia mí. Por primera vez le veo la cara… No es nadie que yo conozca. Pero sí, oye, me hubiera gustado conocerla… Es una mujer bonita. No preciosa, no despampanante, pero de rasgos finos y buen cuerpo. Quizás algo rellenita. Calculo que de unos treinta años. La miro un rato de arriba abajo, sintiéndome un poco violento. Y distraídamente echo un vistazo a la fecha del periódico… 17 de diciembre. Mierda. Así que desde ayer noche han pasado trece días… ¿Por qué no me acuerdo de nada de esos trece días?

- ¿Victor? Cariño, ¿estás despierto?

No ha abierto los ojos aún. No quiero empezar a dar explicaciones, así que me levanto y decido salir de allí. El lavabo. Ve al lavabo. Allí podrás sentarte tranquilo y pensar en qué coño pasa. Cojo el libro escrito con mi letra y el periódico y me levanto de nuevo. Salgo de la habitación y me encuentro en un estrecho pasillo. A mi alrededor hay varias puertas cerradas. No reconozco nada, no sé donde estoy ni donde está el maldito lavabo. A trompicones me acerco al extremo del pasillo y abro una de las puertas. Veo una habitación oscura. Una cama pequeña, como de niño. Vacía. “¿Dónde coño está el lavabo?” Abro otra puerta. Huele a lejía, debe ser aquí. Busco a tientas un interruptor, lo pulso y se enciende un fluorescente blanco en el techo. Bingo, es el lavabo. Entro y cierro la puerta, corriendo un pestillo tras de mí. “Joder”. Me empieza a doler la cabeza, no puedo pensar con claridad. No entiendo nada. Procurando no tropezar, me siento sobre la tapa del water. Está bajada, en mi casa eso sería inimaginable… Cierro los ojos. “Trece días, trece días en blanco… Pero ¿cómo me ha podido crecer tanta barba en sólo trece días? Un momento… Dios, no. No puede ser”. Miro de nuevo la fecha del periódico: 17 de diciembre de 2003. “¿¡Cuatro años?! ¿Han pasado cuatro años?”. Oigo golpes en la puerta del lavabo.

- ¿Víctor? ¿Víctor? Perdona, me he quedado dormida, no he oído el despertador. No he podido levantarme antes que tú. ¿Has leído el libro, Víctor? ¿Las primeras páginas?

Intento contestar, hablar, pero no puedo decir nada. Abro el libro por la primera página. Veo un encabezamiento escrito con mi letra: DÍA 911. Oigo de nuevo la voz de la mujer en la puerta, apremiante.

- Víctor, soy Sara. Léelo, Victor, tú mismo lo escribiste. Lee el libro.

Leo el libro. 

911. Diario de Víctor Gades

¡VÍCTOR! LEE ESTO NADA MÁS DESPERTARTE.

 “Víctor. Te llamas así. Se supone que eso no lo olvidarás ninguna de las veces, pero te lo repito por si acaso. Víctor Gades. Crees que estamos a cinco de diciembre de 1999, pero no es así. Te daré la versión resumida: cada noche, al dormir, olvidas todo lo que te ha ocurrido durante el día. Así de simple, así de inexplicable. Como si tu mente fuera un vinilo rayado. Escribo esto a las 2:40 de la madrugada; dentro de veinte minutos caeré dormido y olvidaré las últimas veinticuatro horas. Se llama narcolepsia circadiana: no puedo permanecer despierto a partir de una hora determinada, en mi caso las tres de la mañana. No importan los estimulantes y drogas que me meta en el cuerpo, o lo que esté haciendo en ese momento… Puf, dormido y olvidando. Las neuronas de la memoria a corto plazo se cortocircuitan con un horario más regular que el de un tren de cercanías. Así que la putada es que no hay nada que ligue un día con otro excepto Sara y el diario. Aunque aún no sabes quién es Sara, claro…

Sara es tu mujer. Te explicaré cómo la conociste… conocí… conocimos, vaya. Aunque supongo que entenderás que es una historia de segunda mano, ya que sólo sé lo que está escrito en el diario junto a lo que Sara me ha explicado hoy. El 12 de diciembre de 1999, cuando nadie sabía muy bien qué me pasaba y mis familiares consideraban seriamente la posibilidad de ingresarme en un psiquiátrico, salí corriendo de casa y entré en el bar Mediterráneo. Allí me dediqué a emborracharme y a hablar con Sara, una de las camareras. Por lo visto yo estaba hecho una mierda y al borde de la histeria, pero… No sé, supongo que debió quedarse intrigada con mi historia, o le di pena –aunque esto ella lo niega- o simplemente me encontró interesante –que también podría ser, qué cojones-. El caso es que le caí bien y quiso volver a verme. Y para que la recordase a la mañana siguiente, me dio una foto suya y escribió en el reverso su nombre, teléfono y dirección.

Y así empezó la relación más absurda, inconexa y fragmentada de la historia: al parecer cada mañana me despertaba, veía su foto apretada en mi mano derecha y la buscaba, sin saber quién era aquella mujer tan guapa ni por qué tenía su teléfono. Ella me explicaba todo el asunto, y normalmente yo lo aceptaba con más o menos filosofía. Algunos días los malgastamos yendo a médicos, psiquiatras, hipnotizadores, parapsicólogos. No sirvió para nada, como ya te debes imaginar. Y nos dedicamos entonces full-time a los dos pilares de cualquier romance clásico: hablar y follar.

Pero hay un problema, claro. O dos. Vaale, puede que tres. El primero es que ella sabe de mí todo lo que se puede saber de alguien… Pensamientos, opiniones, historias, noviazgos, perversiones, todo lo que me ha pasado por la cabeza durante los veinticinco años de mi vida. Pero cada vez que le digo algo no tengo manera de saber si ya se lo he contado antes, o incluso cuántas veces. ¿No te ha pasado nunca estar explicando una historia y a la mitad de una frase acordarte de que es la segunda o tercera vez que el pobre tipo con quien estás hablando la oye?Pues imagínate la situación con Sara… Lo que hago es fijarme en su expresión mientras hablo. Cuando el pensamiento o la anécdota o lo que sea que empieza a salir de mi boca ya ha sido oído demasiadas veces, Sara cierra un momento los ojos. Es algo más lento que un parpadeo, y además se puede distinguir porque a veces frunce un poco el ceño. Según el diario, me di cuenta de ese gesto el día 196 y se lo comenté a Sara. Ahora el gesto se ha convertido en costumbre consciente, y el cerrar los ojos y fruncir el ceño ha pasado a significar: “Victor, te repites más que el ajo, calla o cambia de tema”.

El segundo problema, claro, es el inverso: cada mañana yo no sé nada de ella. Es una desconocida, alguien a quien no he visto nunca antes. ¿Te das cuenta? Ella sabe hasta lo del trío con la hermana de Laura y tú no sabes ni su apellido (que es Molina, por cierto). En fin, este problema fue más difícil de resolver. Qué coño, no está resuelto. El día 217 por la mañana Sara escribió en quince folios lo que consideraba esencial de su historia y personalidad. Sus opiniones, las cosas que odiaba, los secretos que me había explicado, sus gustos en la cama. Y ese mismo día por la noche yo añadí otros cinco folios con lo que más me había impresionado de ella, por qué la encontraba adorable, qué me irritaba, qué había aprendido de ella en las últimas veinticuatro horas. A pesar de que hemos repetido muchas veces este ritual, lo que escribimos el 217 no ha sido superado aún –debíamos estar inspirados, o quizá tuvo algo que ver con la maría que nos fumamos antes de escribir-. Y excepto algunas correcciones en rojo añadidas por Sara cada semana, el texto continúa igual. Lo encontrarás grapado en la parte central del libro que tienes en las manos. Léelo antes de hablar con Sara. Obviamente, no es lo mismo oír hablar de alguien que conocerle, pero como mínimo el informe te servirá de ayuda para no tener que empezar cada mañana partiendo de cero. No te preocupes: según Sara ahora estarás en shock y moderadamente idiota, pero sueles centrarte y calmarte hacia las diez de la mañana. A las doce ya parecerás de nuevo una personita. Créeme. Hoy me ha pasado.

El tercer problema es más sutil, pero importante. Puedes deducirlo tú mismo, pero voy a darte pistas… Por ejemplo, ¿estoy realmente casado con Sara? La noche 666, después de un día especialmente intenso, ella me pidió que nos casáramos. Dije que sí. Bueno, en fin, ¿tiene ese sí alguna validez? Está escrito en el diario y grabado en vídeo, pero no recuerdo haberlo hecho, ¿sabes? No puedo estar enamorado de Sara. Joder, acabo de pasar todo el día con ella y sí, es una gran mujer, guapa simpática, decidida y lo que tú quieras, y ha hecho más por mí de lo que creía que podía hacerse por nadie, pero… Mira, sabes que no creo en el amor a primera vista ni en polleces por el estilo. Y si existe, se da con otro tipo de personas, no conmigo. Así que ¿por qué contesté “sí” el día 666? A lo mejor pensé que sin ella iba a quedarme solo y que jamás encontraría a alguien capaz de los sacrificios que hacía Sara por mí. Quizás fue por todo lo que hicimos durante el día 666, o por la impresión de que aquel tipo con mi cara que salía en los vídeos grabados parecía ser realmente feliz con ella. Si había tenido días felices hasta entonces, ¿por qué no debería seguir así en el futuro? O tal vez aquel día sí me enamoré de ella, porque a pesar de lo dicho antes puede que apareciera una vena romanticona que ignoraba poseer. No tengo ninguna manera de saberlo. Y aplica el cuento a todos los demás días de nuestra vida en común. No hay forma humana de saber lo que me pasaba por la cabeza realmente en esos momentos. No lo recuerdo, y cuando escribo en el diario sobre mis sentimientos puedo mentir. Probablemente lo hago.

Otra cosa, y perdóname estas digresiones. Sara se enamoró de mi yo de veinticinco años, que es el que seré para siempre. Pero ella cambiará, crecerá de veras y no solo físicamente, y cuando tenga cincuenta o sesenta años tendrá pensamientos y necesidades que no podré entender ni satisfacer… O quizás yo sí pueda pero ella ya no le vea la gracia a seguir con un hombre que sólo madura físicamente pero que sigue con la irresponsabilidad de mis idiotas veinticinco años. Vamos, que lo que ella vio en mí seguirá ahí dentro de treinta años, pero a ella puede que ya no le emocione. Que le aburra. O aún peor, que le disguste.

Sara está leyendo por encima de mi hombro a medida que escribo esto. Y juraría que cierra los ojos y frunce el ceño, así que seguro que ya hemos hablado de esto otras veces. Si es así, Sara no suelta prenda al respecto. Y si iba a decir lo que creo que iba a decir, seguramente sea mejor el silencio. Aunque Sara también miente bien, ¿sabes? Voy a ponerte nervioso. ¿Te has fijado en la cicatriz que tienes en la cabeza? No estaba allí a nuestros veinticinco años. En teoría un buen día (el 833) te caíste por unas escaleras poco después de levantarte. No te acuerdas, claro, y no hay ningún vídeo grabado del accidente. En la entrada 833 del diario no hay nada escrito, porque permanecí inconsciente el resto del día. Bueno. ¿No podría ser que discutiéramos Sara y yo por cualquier motivo y que ella me empujara escaleras abajo en un impulso de rabia? Por lo visto el día 832 fue movidito: problemas con sus padres. Ella debía estar aún nerviosa. No creo que realmente me empujara, pero podría haberlo hecho.

Ahora imagínate otra situación: un día hojeas el diario y te das cuenta de que hay algunas páginas arrancadas. No tendrías ninguna manera de saber por qué las ha arrancado. Para ti es como si esos días nunca hubieran existido. Tal vez habías tenido una aventurilla con otra. A lo mejor os habíais estado peleando y en el diario escribiste algo desagradable como “Victor, lo primero que debes hacer mañana es salir de esta casa y dejar a esta mujer”. O puede que fuese ella la que te había puesto los cuernos y enviado a la mierda por escrito y luiego, arrepentida, quisiera enviar los últimos días directamente a la papelera. Piénsalo: si la última semana ha sido desagradable, ¿por qué no borrarla de la existencia? De la tuya, por lo menos. No sé si te das cuenta del poder que tiene Sara sobre ti. Si un buen día decidiera que te odia, podría dejarte tirado en la calle cualquier noche mientras durmieras, quemar el diario y borrar las cintas de vídeo, destruir todos los días de tu vida a partir del 5 de diciembre de 1999. Pero sé que ella me quiere y nunca haría eso. O eso creo, joder. Yo qué sé. Ha sido un día muy largo.

Dejando aparte a Sara, ¿te das cuenta de la putada que representa olvidarlo todo cada día? Desde el punto de vista menos filosófico y  más mundano. Por ejemplo, ya nunca podrás sacarte el carnet de conducir. No es que haya tenido nunca demasiadas ganas, ya lo sabes, pero siempre sabía en mi interior que algún día podría decidirme. Ya no. Cada mañana volverás a confundir el freno y el embrague. Olvídate de aprender idiomas, música, bailes de salón. Olvídate de los libros largos: tendrás siempre menos de 24 horas para leer. Olvídate de mejorar tu ajedrez, tus habilidades de oratoria, tus conocimientos de informática –que, por cierto, quedarán irremediablemente obsoletos enseguida-. Olvídate de aprender un oficio, olvídate de trabajar en nada complicado… Cinco años de telecomunicaciones de poco te habrán servido. Cualquier proyecto necesita un período de aprendizaje, ¿no? Y por mucho que apuntes todos los detalles, no puedes permitirte empezar de cero cada mañana. No cuando tienes tan poco tiempo cada día y tanto por hacer. No cuando debes dedicarte a Sara. De cualquier manera no te preocupes por el dinero: el estado te paga una pensión de invalidez y Sara recibe donativos y regalos de gente que conoce nuestro caso. Somos famosos, ¿sabes? Aunque por suerte no nos hemos convertido en fenómenos de feria. Aún.

            Bueno. Acabando: consejos prácticos. Hojea las últimas páginas de este diario para ver qué has hecho en estos últimos días. Verás que cada día está indicado con un número: empiezo a contar, claro, desde el cinco de diciembre de 1999, aunque la primera entrada de este diario revisado y corregido es la de hoy, día 911. Cada día verás indicado un pequeño resumen de lo que hice, necesariamente corto porque ya bastante poco tiempo tengo cada día. Te aconsejo también que veas alguno de los vídeos que Sara y yo grabamos. Excursiones, citas, viajes. El reportaje de nuestra boda deberías verlo. La luna de miel… Algún polvo filmado, ya verás. No sé, cuando he visto alguna cinta esta mañana me he sentido muy incómodo al principio. Es una sensación embarazosa verte en pantalla haciendo cosas que no recuerdas y a las que no puedes asociar ninguna emoción… Pero más vale que te acostumbres rápido.

Ah, una cosa más. Tu familia te odia por motivos que no vienen al caso. Por lo visto habéis tenido alguna pelea, seguramente económica, aunque las versiones difieren según quién explique la historia. El caso es que ni tú ni yo guardamos ningún rencor a nadie, claro, pero el resto del mundo no tiene esa suerte. Así que algo que le hiciste a tu/nuestra familia aún les duele. Tranquilo, a lo largo del día te vas a encontrar con muchas sorpresitas como esta. No les dediques mucho tiempo: si lo haces verás que cada mañana consumen más y más. Te aconsejo que te dejes llevar, que preguntes a Sara los detalles esenciales de todo y vivas momento a momento. Esto es como reencarnarse: cada mañana empiezas una nueva vida. Y el karma que creas cada día determina en parte cómo será tu vida del día siguiente…

Las 2:55. Ya acabo. Date prisa y ve a hablar con Sara, ella te ayudará. Y oye… ¿Por qué no te dejas barba? Tu yo del día 911 te lo aconseja.

1533. 8:00 a.m.

 Joder. Pues qué bien. Veo que al menos en lo de la barba me he hecho caso a mí mismo. Hojeo rápidamente las páginas del diario. Leo la última que veo escrita: día 1532. Ayer debía tener prisa: parece un puto telegrama redactado por Tarzán.

            “No consigo centrarme hasta 12:00. Visita padres Sara a comer 16:00. Agradable, aunque violento. ¡Conozco novia hace pocas horas y ya comida con padres! Preguntaron si hijos. Enviados amablemente a la mierda. Sara enfadada, mal humor hasta 23:20. Reconciliación difícil. Polvo espectacular a las 0:00. Día duro”.

            Debajo del párrafo veo unas líneas en rojo presumiblemente escritas por Sara:

Correcciones: De espectacular nada, majete, has tenido días mejores. Sigo muy enfadada por lo de mis padres. Y hazte a la idea de que cuando te dije que en la cama eras el mejor que había conocido… Mentía. Campeón”.

Mierda. Pues vaya día me espera. ¿Qué puedo decir ahora? ¿Yo qué sé cómo reconciliarme con una persona que no conozco? ¿Qué hará, empujarme escaleras abajo? Esto es absurdo. Al borde de la histeria, busco las páginas grapadas que según mi yo del día 911 están en el centro del diario. Ahí las veo, pero estoy demasiado mareado para leerlas. Intuyo que este no va a ser uno de nuestros mejores días. Supongo que no importa demasiado, mañana no me acordaré… No…

            Joder, párate a pensarlo.

            Párate a pensarlo.

            Todo lo que haga, bueno o malo, me pelee ahora con Sara o no… Nada tendrá importancia para mí. Como si no lo hubiera hecho. Mañana será como si otra persona a la que no conozco hubiera hecho salir las palabras de mi boca… Estoy atascado en el 5 de diciembre de 1999, después de mi cumpleaños. Mi último recuerdo es y siempre será haberme deseado, tumbado en la cama, “felices veinticinco, cabronazo”. El mundo entero sigue adelante sin mí y ahora sólo soy un puto turista, viendo pasar un tren que acelera mientras yo sigo sentado quietecito en el andén. Todo el mundo cambia, crece, madura, joder, menos yo que aún tengo veinticinco años, incluso cuando mi cuerpo sea de anciano seguiré teniendo veinticinco años, me despertaré por la mañana con el dolor de la artritis y pensaré que tengo veinticinco años y que ayer fue mi cumpleaños, mi jodido cumpleaños. Y descubriré que me han regalado cincuenta años de golpe. Qué bien. Y tendré mujer, puede que hasta tenga hijos, pero no me acordaré de ellos y los conoceré por primera vez cada mañana. Y algún día me despertaré intubado en una cama de hospital, con una mujer desconocida cogiéndome de la mano, y pensaré “¿Pero qué…? ¡Pero si ayer estaba en mi casa, tenía veinticinco años recién cumplidos y era joven y sano y fuerte! ¿Qué ha pasado?” Y moriré sin saber si he tenido una buena vida o no, moriré habiendo vivido sólo veinticinco años y un día. Joder, pienso sentado en la taza del water, joder. No recordaré nada de esto antes de morir. Es como si ya estuviese muerto. No puedo hacer nada para evitarlo. Nada… Joder. Rompo a llorar en silencio, sintiéndome algo idiota.

            Oigo a Sara decir algo en el pasillo. Me levanto, abro el pestillo y la veo, detrás de la puerta, cansada y ojerosa pero viva, sólida, real. Sonríe. Y pienso que si ahora me pidiese que me casase con ella le diría que sí sin dudarlo. Porque está viva y yo muerto. Me abrazo a ella y sigo llorando sobre su hombro, pensando muy confusamente que yo no me porto así con desconocidos, así que ella no puede ser una desconocida. Farfullo en voz baja algo así como Sara, seas quien seas te quiero, guapa, abrázame y dime que no me he vuelto loco, te quiero, joder… Y en un rincón de mi cerebro la vocecita fría que nunca pierde la calma susurra que es un momento muy bonito, un puto momento Nescafé, pero que es una suerte que no pueda verle la cara a Sara. Porque estoy seguro de que al oír mis palabras ha cerrado un momento los ojos frunciendo el ceño.

            Hay que joderse.

I Certamen de Relato Erótico La Pluma Rota

Leer con una sola mano mientras la otra anda placenteramente ocupada es, desgraciadamente, una costumbre en decadencia.

Es muy fácil encontrar hoy en día fotografía fetichista, pornografía, vídeos para adultos y, en general, cualquier tipo de imagen estática o en movimiento que despierte la libido. Sin embargo, la buena literatura erótica es cada vez más escasa: la colección de libros La Sonrisa Vertical de la Editorial Tusquets ha dado muchísimas alegrías durante décadas, pero el premio que la acompañaba fue cancelado en 2004 tras un bajón tanto en número como en calidad de los textos participantes. Sin embargo, me niego a aceptar que la literatura erótica haya muerto: los humanos nos alimentamos de palabras y no sólo de imágenes. Y no creo que sea una sorpresa para los lectores de este blog descubrir que soy un acérrimo defensor del #readingissexy.

En cierta forma la literatura erótica se ha integrado en la narrativa general: cada vez es más habitual encontrarse de repente en una novela con un capítulo más o menos inesperado que da voz a las fantasías de un personaje, o muestra una escena tórrida o un calentón narrativo. Y por otro lado, el reciente éxito del “porno para mamás” de 50 Sombras de Grey y derivados (un engendro al que ya dedicaré un artículo más adelante) ha despertado un nuevo interés por el género.

Los responsables del blog de crítica literaria La Pluma Rota (concretamente su creador Spartan George y los redactores Alejandro Gándara, José Carlos Huerta y Berenice Lilium) organizan un concurso de literatura erótica y me han pedido que forme parte del jurado. Y claro, como siempre me hace ilusión verme involucrado en este tipo de cosas, he aceptado al momento. Así que os animo a participar, que esto de ser jurado será mucho más divertido si recibo vuestras cochinadas… o sea, vuestras narraciones eróticas para leer con una mano. Es este enlace tenéis las bases del concurso: su blog está en fase de despegue y es un proyecto totalmente independiente, así que no esperéis un premio millonario sino la honrilla de haber colaborado en la revitalización de un género moribundo… Y si alguien escribe un cuento realmente cojonudo y la distancia lo permite, complementaré el premio que ofrece La Pluma rota invitando a un par de copas. Que el hábitat natural de este tipo de historias es, al fin y al cabo, una taberna.

La cena, de Herman Koch

Me apetece comentar brevemente una novela que cayó en mis manos por casualidad y en la que pueden encontrarse un par de puntos realmente interesantes a pesar de que el conjunto no sea la octava maravilla del mundo. Se llama La cena, su autor es Herman Koch y en 2009 se convirtió en un éxito arrollador en Holanda, vendiendo casi medio millón de ejemplares y convirtiéndose en Libro del Año.

Dos parejas de clase media-alta se reúnen en un restaurante de lujo para una cena aparentemente informal. Sin embargo, un tema espinoso planea sobre la mesa durante la conversación: dos de sus hijos adolescentes se han visto envueltos en un acto de violencia grave e irracional. ¿Cómo reaccionar ante ello? ¿Es mejor hacerlo público, asumir la responsabilidad y buscar el perdón social o tratar de ocultarlo a cualquier precio?

Ese acto de violencia puede que os resulte familiar a muchos, ya que la novela está basada libremente en un hecho real: el asesinato de una indigente por parte de unos gilipollas pijines de clase alta en Barcelona en 2005. Las imágenes de la cámara de seguridad del cajero en que dormía la pobre mujer dieron la vuelta al mundo, y a ellas se refiere Koch en la novela. Un asesinato televisado.

 A grandes rasgos estoy bastante de acuerdo con la razonada crítica de La cena publicada en La Medicina de Tongoy, y mi reacción ante la novela fue similar a la descrita ahí: unas expectativas muy grandes que se diluyeron hacia la mitad del libro por una trampa introducida por el autor. Una salida barata y fácil frente al problema de la violencia: convertir al violento en un psicópata clínico, deshumanizarlo y apartarlo de la “normalidad”. Es un loco, es diferente, no es como nosotros: es imposible que uno de los nuestros golpeara a una mendiga con una botella vacía o un cono de tráfico. Y sin embargo, si algo nos ha enseñado la historia reciente es que no es necesario ser psicópata para convertirse en un cabrón: la banalidad del mal, la brutalidad algo bovina de las guerras (especialmente las civiles), la crueldad letal del darwinismo social en época de crisis… Lo realmente complicado, lo que hubiera podido convertir la novela de curiosa sin más en realmente importante, es explicar por qué un joven normal sin problemas sociales o mentales aparentes es capaz de comportarse como un perfecto hijodeputa. Pero el enfoque adoptado por Koch es algo cobarde. Y en fin, son mucho más significativas las incursiones de Bolaño en la esencia del mal, en casi cualquiera de sus libros.

Una vez hecha esta salvedad, lo cierto es que La cena resulta una novela absorbente, que capta la atención enseguida y se lee en dos patadas… Y si bien no entrega tanto como prometía, sí deja unos cuantos capítulos interesantes y algún párrafo memorable. Por ejemplo: durante una discusión sobre si Adivina quién viene a cenar es una película involuntariamente racista, el protagonista deja caer esta reflexión, aplicable no sólo a la homosexualidad sino a cualquier tipo de “tolerancia” hacia las formas de vida alternativas:

“En un programa entrevistaban a una señora que tenía por vecinos a una pareja gay, dos chicos jóvenes que vivían juntos y que, de vez en cuando, se ocupaban de los gatos de la mujer. Pues bien, ella aseguraba que eran un cielo. Lo que en realidad quería decir era que, aunque sus vecinos fueran homosexuales, el hecho de que se hiciesen cargo de sus gatos demostraba que eran personas como tú y como yo. Aquella mujer apareció en el programa irradiando cierto aire de autosuficiencia, encantada con la idea de que a partir de ese momento todo el mundo sabría lo tolerante que era. Que sus vecinos eran un cielo a pesar de hacerse guarradas entre ellos. Cosas reprobables, de hecho, cosas enfermizas y antinaturales. Perversidades, en resumidas cuentas, que sin embargo quedaban disculpadas por el cuidado desinteresado que prodigaban a sus gatos. (…)

Para comprender lo que esa mujer aseguraba sobre sus vecinos, habrá que plantear la situación al revés. Si los dos homosexuales encantadores no se hubieran dignado a dar de comer a los gatos y, al contrario, les hubiesen tirado piedras o arrojado trocitos de solomillo envenenado, hubiesen sido sencillamente unos asquerosos maricones”.

Traigo aquí también otra obviedad que sin embargo olvidamos a menudo: las víctimas de algo (una guerra, una catástrofe) no pierden su humanidad al convertirse en víctimas… Ni para lo bueno, ni para lo malo.

“Pensad en los millones de víctimas de todas las guerras que ha habido hasta el momento (…) Sólo desde el punto de vista estadístico es imposible que todas esas personas fuesen buena gente, con independencia del bando al que pertenecieran. La injusticia es más bien el hecho de que los cabrones también van a engrosar la lista de víctimas inocentes. Que sus nombres también aparecen en los monumentos de guerra”.

Y termino esta breve reseña con una frase referida a los primeros ministros holandeses, pero que sin mucho esfuerzo podremos adaptar a la realidad española, por desgracia.

“La vergüenza ajena por nuestros primeros ministros es la única emoción que fluye de un gobierno holandés al siguiente”.

Xplore Festival Barcelona 2012: El arte de la lujuria

Uno de los mayores placeres de llevar El Nido del Escorpión es que nos permite a Françoise y a mí entrar en contacto con gente realmente interesante… Por ejemplo el simpatiquísimo D. J. Hayes: médico, eco-anarquista y experto en Contact Improvisación, una forma muy peculiar de danza con un enorme potencial sexy-comunicativo. A través de él y de otros amigos nos enteramos de una muy buena noticia: este año el  Xplore Festival berlinés se celebrará por primera vez en Barcelona.

Para quien no lo conozca: Xplore es un encuentro anual creado en 2004 por el coreógrafo y artista conceptual Felix Ruckert, con la idea de fusionar en un solo espacio arte y sexualidad… Una mezcla explosiva de talleres de BDSM, comunicación íntima y sexualidad creativa que ha atraído ya a centenares de personas: este año el límite de asistentes está fijado en 250 participantes.

El evento durará tres días, del 22 al 24 de junio, en el nuevo espacio Graner, cerca del Paseo de la Zona Franca de Barcelona. Acabo de pasar un buen rato curioseando la página web del festival, en la que se puede encontrar información detallada sobre cada uno de los más de cuarenta talleres, demostraciones, fiestas o conciertos. Veo que algunas propuestas vienen del mundo terapéutico y otras son  más bien artístico-estéticas, algunas juegan con los límites y otras parecen enfocarse como una iniciación o un suave descubrimiento… Están divididos en tres grupos: Sexo y SensualidadBDSM y Técnica, Creatividad y Juego. Varios talleres me llaman la atención, alguno me sorprende, otros tratan temáticas que ya conozco  (látigos, cuerdas…), pero están impartidos por gente a la que respeto y admiro, expertos que sé de buena tinta que tienen mucho que enseñar.

Me ha llamado la atención encontrar entre los profesores de los talleres a Desper_TNT, que además de una buena amiga es ahora mismo una de las mejores atadoras de España. De hecho ya la mencioné en mi artículo sobre shibari en Jot DownMe parece en cualquier caso una elección excelente para enseñar el arte de la atadura. También veo por ahí a caras locales conocidas como Herunor & DollFetishMarijo AlonsoNoa ReshefTengo bastante curiosidad en especial por uno de los talleres que impartirá Noa (aunque no sé si por horarios podremos asistir): el que dedicará al arte del striptease. Teniendo en cuenta que en pocos días saldrá publicado mi artículo al respecto en el primer número en papel de Jot Down, es fácil deducir que el tema me interesa. Aunque también es importante la oportunidad de conocer a celebridades como Janet Hardy, escritora prolija e interesantísima y autora de biblias de las sexualidades alternativas como The Ethical Slut o The New Topping/Bottoming Book, textos traducidos de vez en cuando por La Mosca Cojonera… En general, los talleristas tienen en común ser personas capaces de aportar una visión original y única de un aspecto u otro de la sexualidad y/o la creatividad.

Por otro lado, me tiene intrigado el concierto de la cantante y performer danesa Chastity, cuya música se anuncia como post-porn trash folk… Y tengo curiosidad por ver qué puede salir de la mezcla de toda esta unión de talento y perversiones durante la fiesta/playparty final bautizada como Aristocracia del Deseo.

El precio parece razonable para un evento de estas características, y viene con alguna oferta para las socios del Nido (¡escribidnos a enelnidodelescorpion arroba gmail punto com para los detalles!). Nosotros no podremos asistir los tres días por compromisos nideros, pero esperamos asomarnos al menos viernes y domingo para participar en cuantos más talleres mejor. ¡Animaos a venir y coincidimos allí!

Allá abajo (Là-bas) de Joris-Karl Huysmans

Cuando hace unos días publiqué un entusiasta artículo sobre El Péndulo de Foucault en Jot Down, mencioné de pasada una novela magnífica de Joris-Karl Huysmans llamada Allá Abajo (Là-Bas), leída en el club del libro gracias a mi hermano Nicho… Y me ha apetecido escribir una breve reseña y compartir un par de párrafos.

Allá abajo (publicada también como Allá lejos) es un libro extraño e inclasificable. Entre reflexiones místico-artísticas de gran profundidad como las que dedica al Cristo de Grünewald, Huysmans va trazando un retrato romántico, decadente y terrible de la maldad extrema simbolizada en la historia de Gilles de Rais, héroe de guerra junto a Juana de Arco y despiadado torturador y asesino de niños. El erudito Durtal, alter ego del propio Huysmans, escribe un estudio sobre la lenta caída de Gilles de Rais desde el misticismo extático religioso hasta la maldad absoluta, una evolución no tan extraña teniendo en cuenta que los extremos se tocan, o mejor dicho, se adaptan muy bien a un tipo particular de psicología.

En el curso de sus investigaciones, Durtal se interesa por la pervivencia del satanismo en la Francia moderna. A través de varias cenas con un piadoso campanero y muchos encuentros furtivos con una desconcertante mujer llamada madame Chantelouve, entra en contacto con círculos ocultistas y acaba asistiendo a una misa negra oficiada por el temido canónigo Docre (basado en el auténtico Louis Van Haecke, exorcista y rector de la Capilla de la Santísima Sangre, donde se decía que celebraba ritos satánicos).

Leyendo el interesantísimo blog de Javier Coria me entero de que el personaje pelín histriónico de madame Chantelouve está basado en dos amantes de Huysmans: uno de esos pequeños ajustes de cuentas que se permiten de vez en cuando los escritores. Las encendidas y algo hipócritas cartas de amor que intercambian Durtal y su amante están tomadas casi literalmente de las que intercambió Huysmans con Henriette Maillat (un poco feo usar la correspondencia amorosa en una novela, pero en fin). La parte más satánico-alucinada de Chantelouve está tomada de la cortesana Berthe Courrière, amante y musa de escritores, que introdujo a Huysmans en círculos ocultistas antes de caer víctima de delirios psicopáticos.

Una mujer curiosa, esta Berthe: apodada la grande dame o Berthe aux grands pieds (“Berta de los pies grandes”) por motivos obvios, sintió toda su vida una enorme atracción sexual por los sacerdotes y en general por cualquier implemento religioso. Según la escritora Rachilde, Berthe atesoraba en su casa manteles de altar, enormes cálices, candelabros, velones de iglesia, casullas y ropajes eclesiásticos, todo ello regado con el intenso aroma de varios incensarios. En su biblioteca tenía libros del Marqués de Sade (cómo no) y cuadros de Félicien Rops, entre ellos el que sirvió de portada a la edición valdemariana de Là-Bas. Su pulsión por el sacrilegio se manifestaba en los momentos más inesperados: podía sacar de repente una bolsa llena de hostias consagradas y empezar a arrojárselas a los perros callejeros.

Ignoro cómo fueron sus relaciones con Huysmans, pero resulta evidente al leer Là-Bas que el autor sintió por ella un carrusel de emociones: fascinación, miedo, deseo, duda, atracción…Y finalmente un cierto hastío exasperado, o eso da a entender sin mucha convicción hacia el final de la novela.

Là-Bas se publicó por entregas en L’Echo de Paris durante 1891 y levantó un cierto escándalo educado, traducido en masivos levantamientos de cejas y cartas airadas a los editores. Sin embargo, tanto su versión serializada como la novela definitiva alcanzaron un enorme éxito que daría lugar a ramificaciones e influencias insospechadas.

Por ejemplo, la preocupación de Huysmans por los orígenes y consecuencias del mal puede rastrearse en obras de mi admirado Roberto Bolaño como la magnífica 2666, dedicada a iluminar el “oasis de horror en un desierto de aburrimiento” de los infernales asesinatos de Ciudad Juárez… Y también hay un guiño decadentista en la decisión de llamar Là-bas al feudo de Farewell, el crítico literario que apadrina al sacerdote narrador de Nocturno de Chile durante su descenso al infierno. También Luis Buñuel quedó tan intrigado por la historia de Là-Bas como para escribir junto a Jean-Claude Carrière un guión para un proyecto que desgraciadamente no llegó a buen término. Y tal como ya comenté, el canónigo Docre es mencionado explícitamente en el capítulo 46 de El Péndulo de Foucault.

Podría traer aquí algunos párrafos de la misa negra, prolija en desviaciones sexuales y sacrilegios, pero casi mejor me los guardo para alguna velada demoníaca en el Nido o algo parecido. Reproduzco en cambio un fragmento fascinante que refleja muy bien la atracción de la religión sobre una mente fundamentalmente escéptica…Un I want to believe místico digno de un agente Mulder descreído.

“En esas horas en que, cansado de batirse contra frases, arrojaba la pluma, miraba forzosamente delante de sí, y no veía en el porvenir más que motivos de amarguras y de sobresaltos. Entonces buscaba consuelos, paliativos, y se veía reducido a decirse que la religión es la única que sabe todavía aplacar, con los más suaves ungüentos, los más intensos escozores de las llagas; pero exige a cambio tal deserción del sentido común, tal voluntad de no asombrarse de nada, que Durtal se apartaba de ella, pero sin dejar de espiarla.

(…)Y, en efecto, rodaba constantemente alrededor de la religión, porque si bien ésta no descansa sobre ninguna base que sea segura, brotan por lo menos de ella tales eflorescencias que que jamás el alma ha podido enroscarse sobre troncos más ardientes, subir con ellos y perderse en el éxtasis a grandes distancias, fuera de los mundos, en las alturas más insólitas; así, pues, seguía actuando sobre Durtal, con su arte extático e íntimo, con el esplendor de sus leyendas, con la radiante inocencia de sus vidas de santos”.

Y termino esta breve reseña con un fragmento excepcional de la novela: una especie de versión decadentista del Poderoso caballero es Don Dinero que en estos meses convulsos de Bankias y primas de riesgo resulta extraña y tristemente apropiada.

“El dinero llama al dinero, tiende a aglomerarse en los mismos lugares, va con preferencia a los malvados y a los mediocres; además, cuando por una inescrutable excepción, se amontona en un rico cuya alma no es asesina ni abyecta, entonces permanece estéril, incapaz de resolverse en algún bien inteligente, inepto, incluso en manos caritativas, para alcanzar un fin elevado. Se diría que el dinero se venga así de su falso destino, que se paraliza gustosamente cuando no pertenece al último de los industriales explotadores o al más despreciable de los sinvergüenzas.

Es más singular aún cuando, desacostumbradamente, se extravía en la casa de un pobre; entonces ensucia inmediatamente a éste si era recto; hace lúbrico al indigente más casto, actúa a la vez sobre el cuerpo y sobre el alma, sugiere enseguida a su poseedor un bajo egoísmo, un innoble orgullo, y le insinúa que gaste su dinero solamente en él. Convierte al más humilde en lacayo insolente, al más generoso en avaro. Cambia, en un segundo, todas las costumbres, trastorna todas las ideas, metamorfoseando las pasiones más tiernas en un abrir y cerrar de ojos. Es el alimento más nutritivo de los pecados importantes y es, al mismo tiempo, un vigilante contable. Si permite a un poseedor olvidarse de quién es, hacer limosnas, obsequiar a un pobre, enseguida suscita el odio del favor en ese pobre; reemplaza la avaricia con la ingratitud, restablece el equilibrio de tal manera que la cuenta es siempre justa y no hay un pecado de menos en ninguna parte.

Pero cuando se convierte verdaderamente en un monstruo es cuando se hace llamar capital, ocultando el brillo de su nombre bajo el velo negro de una palabra. Entonces su acción no se limita a incitaciones individuales, a consejos de robos y asesinatos, sino que se extiende a la Humanidad entera. En una palabra, el capital decide los monopolios, edifica los Bancos, acapara las materias primas, dispone de la vida, puede, si quiere, hacer morir de hambre a millares de seres. Él, mientras tanto, se alimenta, engorda, se multiplica completamente solo, en una caja; y ambos mundos lo adoran de rodillas, mueren de deseos delante de él, como ante un dios.

Pues bien, o es diabólico el dinero que así se enseñorea de las almas, o el fenómeno resulta imposible de explicar”.

Las muertas, de Jorge Ibargüengoitia

Uno de los libros que más han ido cambiando de manos últimamente en el club del libro es Las muertas, de Jorge Ibargüengoitia, la novela más impresionante en lo que llevo de año.

Su historia está basada en un caso real, aunque de manera muy libre. O, como advierte Ibargüengoitia en el epígrafe de la novela: “algunos de los acontecimientos que aquí se relatan son reales. Todos los personajes son imaginarios”. En cualquier caso, el suceso real sucedió en el México de los años sesenta. Una prostituta retenida contra su voluntad en el burdel La Barca de Oro, en Guanajato, escapó y presentó denuncia ante las autoridades. Al presentarse en el burdel, la policía encontró un cementerio clandestino del que se exhumaron nada menos que ochenta cadáveres de mujeres, once de clientes y unos cuantos fetos, fruto de abortos realizados en condiciones totalmente insalubres.

Comparando la historia real con el argumento novelado, comprobamos que en el libro hay más inocencia, menos crueldad, menos premeditación de los crímenes (por ejemplo, no hay mención en la novela de los once robos-con-asesinato a clientes adinerados, y las muertas son muchísimas menos y más fruto de accidentes que otra cosa). Sin embargo, eso no convierte al libro en menos terrible: hay muchas formas de retratar una tragedia… Y lo más destacable de Las muertas es que se enfrenta al horror con un tono engañosamente amable y un humor inesperado: no en la línea abiertamente cómica del Dario Fo de Muerte accidental de un anarquista, sino en un tono más suavemente irónico y compasivo, incluso tierno.

La jugada de Ibargüengoitia es maestra: no trata a las dueñas del burdel (asesinas en la vida real, recordemos, tanto por acción como por omisión) como personajes despreciables de buen principio. En cierta ocasión le preguntaron a Stephen King por qué dedicaba tantas páginas a presentar los personajes antes de entrar “en materia”. Su lógica respuesta fue que si el lector empatiza con un personaje, sufrirá más cuando ese personaje sufra, pierda un brazo o muera… Mucho más, en cualquier caso, que si el muerto fuera uno de esos John Smith intercambiables de mandíbula cuadrada que protagonizan tanta novela de serie B. Lo que hace inteligentemente Ibargüengoitia en Las muertas es similar pero más malvado: hace que te encariñes con personajes que a medida que avanzan las páginas empiezan a comportarse como auténticos cabrones.

Al principio, el autor presenta a las hermanas proxenetas Serafina y Angélica y a su cómplice-amante, el capitán Bedoya, como personajes duros pero con los que es imposible no empatizar ante la horrenda serie de desgracias que les ocurren (la muerte de un hijo, pobreza, abusos…). Y a partir de ahí, hace descender la historia hacia la muerte y el crimen en una lenta espiral progresiva de pequeñas fatalidades encadenadas e involuntarias, un poco como en la historia del clavo por el que se perdió una herradura por el que se perdió un caballo por el que se perdió un jinete por el que se perdió la guerra por la que se perdió el reino. Y de un modo lento y casi imperceptible, los personajes van dejando salir su lado más cruel o, por ser más preciso, más egoísta e indiferente al sufrimiento ajeno.

Una jugada difícil pero llevada a cabo con maestría a través de una narración casi periodística que adopta decenas de puntos de vista complementarios, cada uno con su propio tono y estilo. El lenguaje está plagado de coloquialismos mexicanos que resultan sin embargo bastante legibles, o al menos fáciles de adivinar en cada caso por el contexto (no hace falta ser un genio para deducir que madrota es madame, por ejemplo). El libro se devora en dos tardes ociosas y deja suficiente poso como para dos meses de digestión, como una canción de melodía sencilla pero con muchas capas de significado que se le quedase a uno meses dando vueltas en la cabeza.

En suma: recomiendo calurosamente la lectura de Las muertas, a ver si desmentimos a mi admirado Roberto Bolaño cuando escribió en Los mitos de Cthulhu que “ya nadie lee a Ibargüengoitia”… Al menos en lo que respecta a nuestro pequeño club del libro, queda Ibargüengoitia para rato.

Triple X

Desde que abrí junto a Françoise el Nido del Escorpión tengo algo abandonada mi costumbre de vagar por bares, bibliotecas y teatros haciendo de cuentacuentos, porque la verdad es que ahora es más cómodo utilizar el propio Nido (la montaña que va a Mahoma y todo eso). Sin embargo, guardo muy buen recuerdo de alguna de las actuaciones, especialmente de ésta en la Marató de Contes de L’Hospitalet de 2005 (si no recuerdo mal). Disculpad por cierto la poca calidad de la foto, pero la escaneé de un periódico local… En esa edición, dedicada especialmente al género negro, expliqué para empezar el espectáculo el cuento que traigo a continuación: un delirio llamado Triple X. Espero que os guste…


 El imparable aumento de la generación de desperdicios en las principales ciudades del país hizo aconsejable la construcción de un enorme incinerador de basuras. El Gobierno trató de instalarlo en las afueras de una ciudad costera, basándose en informes económicos, científicos y en la vaga impresión de que allí, tal vez por el turismo, se generaba una cantidad de roña sensiblemente superior a la de otros lugares. Tras el anuncio, en la ciudad designada se formaron plataformas vecinales opuestas a la idea, que organizaron manifestaciones, marchas, ruidosas protestas y cortes de carreteras. Asustado por la virulenta reacción ciudadana, el Gobierno trató de cambiar la ubicación del incinerador a otra ciudad, pero comprobó que la reacción popular en contra de tener el vertedero en el “patio trasero” de sus casas era poco más o menos igual de intensa en todas partes, fueran cuales fueran las garantías de salubridad ofrecidas.

Tras meses de infructuosas negociaciones, y presionado por la urgencia de la infraestructura, el Gobierno decidió construirla en el único sitio en que la oposición vecinal sería débil o inexistente: en pleno desierto mesetario de arena y rastrojos. El enorme gasto en camiones de basura necesarios para llevar hasta allí las titánicas cantidades de mierda generadas en el resto del país se compensó con la rapidez y facilidad burocrática con que pudo construirse la incineradora.

Más o menos por aquellas fechas, se hizo evidente que la población reclusa estaba aumentando a un ritmo mucho más rápido que la capacidad de las cárceles, y el Gobierno decidió construir una nueva y bien equipada prisión, la más grande del país. Desgraciadamente, se encontraron con una oposición vecinal aún más violenta que antes, poco dispuesta a tener ladrones y asesinos a distancia de fuga de sus casas. Tras muchas deliberaciones, el Gobierno decidió construir la cárcel cerca de la enorme incineradora, inspirados quizá por una de las pancartas lucida por los airados vecinos en una manifestación: “Criminales = basura humana”. Todo eran ventajas: nadie pensaría en fugarse en medio del desierto y los reclusos podían quejarse del pestazo todo lo que quisieran sin que importase demasiado a nadie.

Los gobiernos, en general, no son especialmente inteligentes (suelen ser aún más idiotas que la suma de idiocias de sus ministros), pero poseen una cierta astucia animal que les hace reconocer una oportunidad cuando se planta ante sus ojos. Así, cuando varias ciudades empezaron a quejarse de la proliferación de yonquis en sus barrios marginales, el Gobierno cayó en la cuenta de que podía aplicar sus experiencias anteriores a la resolución de este problema. Anunció a bombo y platillo la apertura de narcosalas que proporcionarían a los drogadictos jeringuillas estériles, café, un lugar en que ducharse e incluso metadona para la desintoxicación. Y deseoso de ahorrarse los problemas con las asociaciones de vecinos de los barrios en que previsiblemente se edificarían las narcosalas, el Gobierno optó por centralizarlas cerca de la incineradora y la prisión, en el centro de aquel desierto cada vez más concurrido. Cada noche, grandes autobuses cargados de yonquis drogados hasta las cejas dejaban su carga ante las puertas de las instalaciones.

Los encargados de mantener el orden en la cárcel y las narcosalas detectaron que cada día aparecían más locos y desquiciados entre los reclusos y los toxicómanos (cada vez más difícil distinguir unos de otros en el follón que se estaba creando). Allí el Gobierno vio otra oportunidad, y anunció la apertura de un enorme manicomio que aliviaría la necesidad de nuevos centros de internamiento para enfermos mentales de todo el país. A partir de entonces, la población del desierto se enriqueció cada día con nuevos cargamentos de dementes, psicópatas, esquizoides y paranoicos.

Entre los locos y los toxicómanos, tal vez por el ambiente insalubre provocado por los humos de la incineradora, apareció un gran nivel de mortalidad que las autoridades no se molestaron en atajar, ya que les servía de rudimentario mecanismo de control de población. Sin embargo, se hizo imprescindible construir un enorme cementerio, en el que no sólo se enterraba a locos, presos y yonquis sino que empezó a recibir un flujo constante de muertos de todo el país, que ya se estaba acostumbrando a enviar al desierto todo aquello de lo que deseaba librarse. Se construyó también un hospital para enfermos terminales y una residencia para ancianos seniles, en donde los moribundos por salud o por edad pasaban sus últimos días sin causar excesivas molestias a las familias que vieron con alivio la aparición de un lugar que pudiera encargarse de ellos.

Tanto los trabajadores de los muchos edificios construidos como los presos de permiso o los enfermos que podían salir a la calle empezaron a exigir servicios que se daban por hechos en cualquier ciudad y que en el desierto brillaban por su ausencia. En respuesta a estas demandas, comenzaron a aparecer hospitales, burdeles, bares, restaurantes y casinos llenos de luces de neón.

Se establecieron inesperadas interacciones entre los habitantes de la ciudad (puesto que el enclave ya se podía considerar una ciudad, roñosa y absurda pero ciudad al fin y al cabo). Los toxicómanos más espabilados se hicieron de oro vendiendo heroína a los presos, cocaína a los trabajadores de la incineradora, morfina a los locos y píldoras suicidas a los desahuciados. Las instalaciones de la incineradora de basuras se reutilizaron como improvisado crematorio cuando los enterradores del cementerio no daban abasto. Uno de los locos con delirios de divinidad se escapó del manicomio y fundó su propia religión en las afueras, que tuvo más éxito del previsible y acabó abriendo pequeñas iglesias en cada barrio de la ciudad. Los chulos de las prostitutas se acabaron convirtiendo en improvisada fuerza policial y de mantenimiento del orden, y cada vez más las decisiones sobre la ciudad eran tomadas de forma más o menos asamblearia, más o menos intimidatoria por los residentes más poderosos. Se decidió bautizar a la ciudad formada de retales de lo que el resto del país deseaba desprenderse con un nombre sonoro: “Triple X”, familiarmente XXX o X3.

El Gobierno se dio cuenta de que el poder sobre la nueva ciudad se le estaba escapando de las manos cuando intentó instalar allí una central nuclear a la que se resistían el resto de ciudades. Los triplexanos se resistieron con todas sus fuerzas a la instalación de una central energética tan peligrosa en su ciudad. Aparecieron los equivalentes hardcore de las plataformas de oposición vecinal a las que estaba acostumbrado el Gobierno: desde equipos de saboteadores elegidos de entre los presos de permiso hasta camellos que amenazaron con cortar su suministro de cocaína a los ministros o redes de proxenetas que coquetearon con la idea de sacar a la luz pública un  vídeo en el que el presidente del Gobierno aparecía travestido de marinerita.

Triple X había adquirido una dinámica propia como ciudad. Sus habitantes, a pesar de ser conscientes de que vivían en poco más que un estercolero, habían terminado considerándolo un hogar y sintiéndose orgullosos de él. Una muestra de este naciente sentimiento quedó patente en la aparición de camisetas y adhesivos para el coche en que se leía: “Soy de Triple X, ¿pasa algo?”.

Dándose cuenta demasiado tarde de que se habían pasado de listos con el asunto de Triple X, el presidente del Gobierno abandonó el proyecto de construir allí una central nuclear, y en general abandonó (maldiciendo entre dientes) cualquier idea para seguir edificando allí más infraestructuras impopulares. Se imponía encontrar una nueva localización, libre de ciudadanos pelmazos, donde poder seguir edificando lo que todo el mundo se negaba a admitir que fuese imprescindible edificar en algún lugar.

Alguien sugirió emplear un islote casi deshabitado, cerca de la costa de Marruecos…

Pasos, de Jerzy Kosinski

Gracias a mi hermano Juan Nicho descubrí  durante una reciente velada particularmente chula del club del libro la novela El pájaro pintado, de Jerzy Kosinski. Ya comentaré esa maravilla con calma más adelante: ahora la menciono porque fue mi primer contacto con un escritor del que me está apasionando todo lo que cae en mis manos… Siguiendo un impulso, hace unas semanas compré Pasos.

Qué libro tan raro y magnífico.

No es una novela propiamente dicha, sino más bien una sucesión casi inconexa de sketches, apuntes y cuentos ultracortos sin una temática definida.  Lo único que tienen en común es una cierta intensidad alternativamente malvada, cruel o erótica… O las tres cosas a la vez. Algunos fragmentos son de una violencia casi insoportable, otros excitantes y sensuales. Algunos están narrados con una frialdad estremecedora, y otros son cálidos y cercanos. En su mayoría son como mínimo chocantes, y tan desagradables e hipnóticos como un choque de trenes a cámara lenta.

Os traigo algún ejemplo de cada tipo de texto. En el apartado erótico-festivo, una mujer anónima en una conversación de dormitorio realiza la mejor descripción de una felación que he leído jamás:

“Tenerlo en la boca es una sensación extraña, ¿sabes? Es como si de pronto todo el cuerpo del hombre, todo, se hubiera encogido y reducido a esa única cosa. Y entonces crece y te llena la boca. Se convierte en algo rebosante de fuerza, pero a la vez sigue siendo frágil y vulnerable. Podría asfixiarme… O yo podría arrancarlo de un bocado. Y cuando crece, soy yo quien le da vida; mi aliento lo mantiene, y se desenrosca como una lengua enorme. Me ha gustado lo que ha salido de ti: como cera caliente, se fundía de pronto sobre mí, en mi cuello y mis pechos y mi abdomen. Me sentía como si me bautizaran: era tan blanco y puro”.

Y éste otro paso, en cambio, resulta de una crueldad insoportable (y muy similar a la desplegada en El pájaro pintado, por cierto):

“Durante la guerra el trabajo escaseaba; yo era demasiado flaco para labrar los campos, y los campesinos preferían dar empleo a sus propios hijos o parientes. Como vagabundo, era víctima de todos. Por pura diversión, el granjero que por fin acabó acogiéndome, me agarraba por las solapas, tiraba de mí y me pegaba. A veces llamaba a su hermano o sus amigos para que participaran en un juego durante el cual yo debía quedarme quieto –con la vista al frente y los ojos abiertos– mientras ellos, a unos pasos de distancia, me escupían en la cara, apostando a ver cuántas veces me acertaban en el ojo. Este juego de los escupitajos alcanzó gran popularidad en el pueblo. Yo era el blanco de todo el mundo: niños y niñas, los granjeros y sus mujeres, hombres sobrios y borrachos”.

Y así son la mayoría de pasos de este libro… Quizá la palabra más adecuada para describirlos sea “turbadores”, para bien o para mal. Se supone que en varios de los fragmentos hay elementos autobiográficos: una cierta obsesión con la vida militar y las brutalidades del ejército, una mirada sarcástica al amor y al deseo, a las experiencias traumáticas de la infancia, a la muerte. Kosinski tuvo una vida turbulenta y a menudo desgraciada: incluso el éxito literario se volvió en su contra bajo sospechas de plagio y de colaboraciones no acreditadas. Uno de sus pocos golpes de suerte fue perder una maleta en el aeropuerto: ese contratiempo evitó que llegase a tiempo a una fiesta en la casa de su amiga Sharon Tate, una noche de 1969… La noche en que la familia Manson la asesinó. Kosinski se salvó, pero acabó suicidándose dos décadas más tarde, dejando esta nota: “Voy a echarme a dormir un rato más de lo habitual. Digamos que una eternidad”. Genio y figura hasta la sepultura.

Leo por ahí que un crítico literario de Los Ángeles realizó un curioso experimento con Pasos. En 1975, seis años después de la publicación del libro, envió varias páginas de la novela a cuatro editoriales, bajo seudónimo y con conocimiento de Kosinski, que debió encontrar graciosa la idea. Las cuatro editoriales rechazaron el texto. Poco más adelante repitió el experimento, pero enviando toda la novela a catorce editoriales y un número similar de agentes. Todas la rechazaron… ¡Incluida Random House, la misma que ya había publicado Pasos anteriormente!

Y es que en realidad es una especie de afortunado milagro que un libro tan extraño como éste se publicase… Así que os recomiendo encarecidamente que consigáis una copia y os sumerjáis en esta surreal ducha escocesa de microcuentos malvados. Y si no me creéis a mí, haced caso a David Foster Wallace: “Pasos es una colección de retablos alegóricos increíblemente siniestros, escritos con una voz tersa y elegante que no se parece a nada visto antes. (…) Sólo los fragmentos de Kafka se acercan a lo que Kosinski consigue en este libro”.